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Destilación de cannabis del Grupo Interdisciplinario de Estudios Moleculares de la Universidad de Antioquia. Foto: Juan Fernando Ospina, tomada de http://farmakon.ladiaria.com.uy/

Redacción Análisis Urbano

Por difícil que sea comprender que la marihuana no es una mata que mata, una de las pruebas está Medellín. 30 niños, entre los que está Luna Valentina, reciben medicamentos basados en cannabinoides extraídos de una planta que en realidad es la mata que los salva.

Este es un texto que puede aportar al debate sobre el uso de la marihuana medicinal. Una crónica escrita por la periodista Andrea Aldana para el suplemento sobre drogas Fármakon, creado por del periódico la Diaria de Uruguay, primer país en legalizar el consumo de marihuana.

A continuación, la historia de Luna Valentina, una pequeña mariposa que –guiada por la doctora Paola Pineda, tal vez la única médica colombiana que prescribe cannabis medicinal, y Cannalivio, cultivadores de marihuana con fines científicos hace más de 9 años– gracias a la marihuana todavía aletea.

El limbo de la mariposa

Por Andrea Aldana

En Medellín.

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Inés Cano, Luna y una mariposa por año. Foto Fundaluva, tomada de http://farmakon.ladiaria.com.uy/

—¡Marihuanera! ¡Irresponsable!

—¡Con todos esos tatuajes hasta drogadicta debes ser!

—¿Cómo le das marihuana a la niña? ¡Descarada!

Esas y muchas otras cosas le gritaron a Inés Cano mientras caminaba en la “marcha cannábica” llevando a Luna Valentina de la mano. Fue en mayo de 2014, era la séptima marcha en Medellín, pero era la primera vez que madre e hija asistían.

Luna, con once años acabados de cumplir, apretó la mano de su madre en señal de apoyo y entonces Inés, respondiendo al gesto, se tapó los oídos con fuerza y meneó la cabeza como diciendo no. Alejó su vista de los censuradores y simplemente gritó.

—¡No me importa! ¡No me importa! ¡Mi Luna ya no convulsiona!

La niña se unió al contraataque. Se estrechó a su madre y elevó el cartelito que antes llevaba colgado sobre el pecho, un rectángulo en cartulina blanca con hoja de marihuana en el centro y una frase en rojo que decía: “Soy la jardinera de mi propia medicina”.

Treinta y nueve convulsiones por hora torturaron a Luna durante once años, absolutamente todos los días desde que se levantaba hasta que se dormía. Los doctores diagnosticaron epilepsia refractaria, un tipo de enfermedad que no responde a la medicación.

La condición de la niña empeoró. Su madre empezó a comparar a la niña con una mariposa. “Son animalitos libres pero tienen una vida corta y frágil, como mi hija”. Por eso decidió tatuarse una mariposa por cada año de supervivencia de Luna. De ahí vienen los tatuajes.

El último ataque fue crítico, llevó a la niña a cuidados intensivos. A finales de 2014, cuando las agujas entintaron la onceaba mariposa, Inés pensó que tal vez sería el último aleteo que se tatuaba. (Continuar leyendo aquí).