“Chupeta”, de narcogalán a delator de “El Chapo”

De “narcogalán” a desfigurado delator del “Chapo” El antes y después de Ramírez Abadía. Foto: https://es.wikipedia.org tomada de Revista Proceso
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_La revista mexicana Proceso revela cómo el narcotraficante Juan Carlos Ramírez Abadía, Chupeta, se transformó de un capo violento e implacable con los delatores a un dócil colaborador de la justicia estadounidense_.

Artículo de la Revista Proceso escrito por el periodista Rafael Croda

BOGOTÁ 1 septiembre de 2021.- (PROCESO).- Juan Carlos Ramírez Abadía, alias “Chupeta”, un narcotraficante colombiano que fue testigo estelar en el juicio contra el jefe del Cártel de Sinaloa, Joaquín “El Chapo” Guzmán, despreciaba tanto a los delatores que no sólo enviaba a su ejército de sicarios a matarlos con sevicia sino que extendía su venganza a los hijos y esposas de los que él llamaba, con desdén, “sapos”. 

Por eso resulta paradójico que “Chupeta” haya terminado convertido en lo que más aborrecía durante su vida delictiva: en delator, en “sapo”, como se les llama en Colombia a los soplones.

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Eso es lo que piensa el exdirector de la policía colombiana, el general Óscar Naranjo, quien persiguió durante años a “Chupeta” hasta conseguir su arresto en Brasil, en 2007, y su extradición a Estados Unidos un año después.

En su libro de reciente aparición “Se creían intocables”, Naranjo relata lo implacable y cruel que fue el narcotraficante colombiano con quienes lo traicionaban y cómo, al caer en desgracia tras su captura, no dudó en recurrir a la delación para obtener beneficios judiciales.

“Chupeta”, cuyo apodo se debe a su gusto por las chupetas –como se les llama en Colombia a las paletas de caramelo–, declaró contra “El Chapo” Guzmán en el juicio al que fue sometido el capo mexicano en una corte federal en Nueva York entre 2018 y 2019.

Años antes, en 2008, durante su reclusión en Brasil, actuó como informante de la policía de ese país al revelar un plan criminal del más poderoso narcotraficante brasileño de la época, Luiz Fernando da Costa, “Fernandinho”, con quien coincidió en la cárcel de máxima seguridad de Mato Grosso do Sul.

Según relata Naranjo en su libro, “Chupeta” dijo a las autoridades brasileñas que “Fernandinho” planeaba secuestrar a Luiz Claudio da Silva, hijo del entonces presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, para pedir por liberarlo su excarcelación y la de otros narcotraficantes.

“A esas alturas, ‘Chupeta’ ya estaba en trance de delación”, dice Naranjo a Proceso. 

Y no era la primera vez que el narcotraficante hacía el papel de “sapo”.

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Una década antes, mientras cumplía una condena en Colombia, “Chupeta” declaró ante enviados de la entonces Procuraduría General de la República (PGR) de México que el exsubprocurador Javier Coello Trejo y el comandante policiaco Guillermo González Calderoni recibían dinero del Cártel del Norte de Valle para proteger cargamentos de cocaína.

Juan Carlos Ramírez Abadía, Chupeta, imagen de Vanguardia.

De acuerdo con Naranjo, quien fue asesor de seguridad del presidente mexicano Enrique Peña Nieto el sexenio pasado, “esa fue la primera vez que un narcotraficante colombiano de su envergadura implicaba a altos funcionarios mexicanos como socios del tráfico de drogas”.

Un narcoyupi

A mediados de los 90, Juan Carlos Ramírez Abadía era el arquetipo de los narcos de nueva generación que habían sucedido a los grandes capos de los cárteles de Medellín y Cali, como Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha, “El Mexicano”, y los hermanos Rodríguez Orejuela.

En la subcultura narca de la época ese tipo de delincuentes se comenzaron a conocer como “los yupis de la mafia”. Naranjo los persiguió como director de Inteligencia de la policía colombiana, director de Investigación Criminal, comandante de la policía en Cali y director general de la institución.   

En su libro, el general y exasesor de Peña Nieto señala que a mediados de los 90 “ya no enfrentábamos a viejos y curtidos delincuentes que se habían iniciado como atracadores o haladores de carros, sino a jóvenes de familias de clase media que incluso habían alcanzado a ingresar a la universidad”.

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“Chupeta”, de acuerdo con el general y exvicepresidente de Colombia, “era un hábil montador de caballos, con notable capacidad administrativa y gerencial y con una presencia personal que lo hacía aparecer ante sus muchas admiradoras como un seductor de telenovela, un galán de televisión”.

Oriundo de Palmira, ciudad aledaña a la suroccidental Cali, “Chupeta” estudió ingeniería industrial pero nunca terminó la carrera porque en su camino se cruzaron los jefes del Cártel de Cali, Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, y el socio de estos, a quienes conoció en el mundo de los caballos de paso fino.

Ellos vieron en el joven jinete aptitudes de líder mafioso por su inteligencia, su seriedad y su personalidad recia. 

En 1987, a los 24 años, Ramírez Abadía comenzó a enviar cargamentos de cocaína hacia Estados Unidos, varios a través de México, en sociedad con Amado Carrillo Fuentes, “El señor de los cielos”, y “El Chapo” Guzmán.

En 1995, cuando fueron capturados los hermanos Rodríguez Orejuela, jefes del Cártel de Cali, “Chupeta” era ya un acaudalado narcotraficante con propiedades en Colombia, Panamá, Nueva York, Los Ángeles y Chicago.

Además, había construido una empresa criminal integrada por decenas de sicarios, abogados, testaferros, corredores de bolsa e intermediarios bancarios que encontraron nuevas fórmulas para lavar activos en paraísos fiscales y en los mercados financieros internacionales.

“Una fortaleza de ‘Chupeta’ giraba alrededor de su oficina de abogados y contadores, que lo asesoraban en cada paso que daba”, señala Naranjo. 

El brazo derecho y hombre de mayor confianza de “Chupeta” era su contador, Laureano Rentería, quien por instrucciones del capo llevaba un registro minucioso de todos los ingresos y gastos de la organización.

Naranjo recuerda que, en su estructura de seguridad, el narcotraficante contaba con “temibles delincuentes”  como “Cucaracha”, “Pescuezo” y “El diablo”.    

Estos sicarios comandaron el ejército que el capo utilizó para consolidar su poder dentro del Cártel del Norte del Valle –al lado de Wilber Alirio Varela, “Jabón”, y Diego León Montoya, “Don Diego”– y perseguir a sus enemigos.

La guerra contra los “sapos”

En 2004, “Chupeta” era un capo de capos a pesar de que había pasado siete años en la cárcel cumpliendo una condena por narcotráfico.

La realidad es que, desde la prisión, siguió involucrado en el negocio e hizo crecer su organización, tal como lo hizo “El Chapo” Guzmán en México cuando estuvo recluido, también siete años, en el penal de Puente Grande, Jalisco, del cual se fugó en enero de 2001.

Con ayuda de su brazo derecho, Laureano Rentería, “Chupeta” multiplicó su fortuna, y con su escuadrón de sicarios -una red llamada por la policía “oficina de cobro”– acrecentó su influencia en el negocio de la cocaína.

En el mundo criminal de Ramírez Abadía, la ley del silencio era inviolable, una suerte de código de honor.

Eso lo demostró cuando su antiguo socio, Víctor Patiño Fómeque, “El Químico”, quien en diciembre de 2002 fue extraditado a Estados Unidos, decidió convertirse en informante de las autoridades judiciales de ese país. Tras recobrar la libertad, en 2004, “Chupeta” se “encargó” del asunto.

Primero llamó a Luis Alfonso Ocampo Fómeque, “Tocayo”, medio hermano de “El Químico” por parte de madre, y lo citó a una reunión en una finca cercana a Cali en la que lo torturó, lo mató a puñaladas, lo hizo descuartizar y arrojó sus restos al río Cauca junto con el de varias personas, entre ellas una mujer y dos niñas relacionadas con la familia Fómeque.

Tres días después, “Chupeta” llamó a Deisy Fómeque, mamá de “El Químico” y “Tocayo”, y le dijo que no buscara más su hijo Luis Alfonso porque había sido asesinado “por sapo”, y que lo mismo haría con Víctor.

Además, le advirtió que tenía que irse del país y entregar al Cártel del Norte del Valle toda la fortuna de la familia.

Deisy Fómeque abandonó las propiedades que habían adquirido sus hijos con dinero del narcotráfico y huyó a Estados Unidos protegida por la DEA, la agencia antidrogas de ese país, que la reubicó con otra identidad en la Florida.

De acuerdo con Naranjo, la “oficina de cobro” de Ramírez Abadía “avanzó de manera terrorífica asesinando a decenas de personas (36 en total, según admitiría ‘Chupeta’) cercanas a la familia, socios y trabajadores de las fincas”. 

Deisy Fómeque entregó a la policía un listado de nietos, amigos, nueras, sobrinos, escoltas, trabajadores y abogados de la familia que mandó a matar “Chupeta” para vengar las delaciones de “El Químico”. Varios de esos cadáveres, algunos de ellos de mujeres y niños, aparecían flotando en esa época en el río Cauca, que bordea el sector nororiental de Cali.

Una traición por despecho

A finales de 2006, el general Naranjo era director de Investigación Criminal de la policía colombiana y tenía a su cargo la persecución y judicialización de los principales narcotraficantes del país, entre ellos “Chupeta”.

Una persona que se identificó como “Copérnico” llamó por teléfono a su despacho a fines de ese año para ofrecer una información sobre “Chupeta”. Los hombres de Naranjo hicieron contacto con el informante, quien les pareció confiable por su pormenorizado relato y las pruebas que decía tener.

“Copérnico” aseguró que podía señalar la ubicación de varias “caletas” (como se les llama en Colombia a las excavaciones usadas por los narcotraficantes para esconder dinero y armas) en casas de Cali en las que “Chupeta” había ocultado decenas de millones de dólares en efectivo.

A cambio de la información, el delator solicitaba una recompensa y protección en el extranjero.  A los investigadores les resultó tan sorprendente la oferta de “Copérnico” como la historia de amor que había detrás de ella.

En “Se creían intocables”, Naranjo revela que “Copérnico” era un oficial retirado de la Armada colombiana que acabó en la cárcel –él decía que “injustamente”– por un desfalco en el área administrativa de una base naval.

En la penitenciaría de Palmira, cerca de Cali, le tocó como compañero de celda a Laureano Rentería, el hombre más cercano a “Chupeta”. Entre estos dos hombres recios, uno militar y el otro narcotraficante, surgió una fuerte atracción que se convirtió en un romance apasionado y, finalmente, en amor.

A medida en que la relación avanzó, “Copérnico”, quien tenía conocimientos administrativos, se convirtió en asistente de Rentería. Este siguió cumpliendo en prisión las funciones de contador de “Chupeta” y llevaba las cuentas de la organización en una computadora portátil con archivos encriptados.

“Rentería era la persona más cercana y el confidente de Juan Carlos Ramírez Abadía, y ‘Copérnico’ se refería él como el amor de su vida”, dice Naranjo.

Pero ese ardiente romance se transformó, para “Copérnico”, en despecho, por una traición amorosa de Rentería, quien acabó involucrado sentimentalmente con otro reo y dejó herido de amor al exoficial de la Armada.

“Quiero verlo arruinado”, le dijo “Copérnico” a los hombres de Naranjo y les entregó una memoria USB con un listado de funcionarios públicos y policías que colaboraban con Ramírez Abadía y con la ubicación de las casas donde el narcotraficante escondía, en varias caletas, una fortuna en dólares.

También entregó archivos electrónicos con la contabilidad de “Chupeta”, quien llevaba en hojas de Excel una detallada relación de cada embarque de cocaína, con los costos de la mercancía, del transporte, de los intermediarios, y con la utilidad neta, así como los pagos a sicarios y abogados.   

Incluso llevaba las cuentas de lo que gastaba en trabajadores domésticos y en sus amantes. Todo lo manejaba en lenguaje cifrado que les llevó meses decodificar a los investigadores. Sus gastos personales los identificaba como “Bulgari”, el “Valor de las charladas” eran los pagos por ajustes de cuentas, un “bus” era un avión y un “juguete” un arma.

Ni todo el dinero del mundo

Además de vengarse de su antiguo amante, “Copérnico” pensaba hacerse rico. Con el gobierno de Colombia, acordó una recompensa de 2,000 millones de pesos colombianos (unos 920 mil dólares de la época) y con la DEA, una cifra en dólares que le permitiría vivir con comodidad el resto de sus días.

Los datos precisos del informante condujeron a Naranjo y sus hombres a siete casas de Cali en las que hallaron caletas (en los subsuelos de las cocinas, de los baños, de las habitaciones) que contenían, en total, 71.1 millones de dólares en efectivo, 39 lingotes de oro con un valor de 6.1 millones de dólares, 1.9 millones de euros y 25,000 millones de pesos colombianos en efectivo.

(Leer: México cierra la cárcel de Ciudad Juárez en la que estuvo el Chapo)

Fue un golpe certero a las finanzas de Ramírez Abadía, unos 90 millones de dólares en total, y un verdadero ajuste de cuentas de “Copérnico” con su examante Laureano Rentería, quien fue capturado en una de las casas allanadas y posteriormente asesinado con cianuro por orden de “Chupeta” en una cárcel de Bogotá, horas antes de ser extraditado a Estados Unidos.

Esos hallazgos de millones de dólares, que se produjeron entre enero y febrero de 2007, eran hasta entonces el mayor decomiso de dinero en efectivo al narcotráfico en todo el mundo. Pero el récord duró poco.

En marzo de ese año, las autoridades mexicanas encontraron 205 millones de dólares en efectivo en la casa del empresario y traficante de drogas chino-mexicano Zhenli Ye Gon, en la Ciudad de México, en lo que es el mayor decomiso de dinero en efectivo del narcotráfico hasta hoy.

De acuerdo con la investigación, Ramírez Abadía pagaba a los trabajadores que construían sus caletas entre 5,000 y 15,000 dólares, pero luego del pago los mandaba a matar y, por recomendación de una bruja a la que consultaba, entregaba el dinero a sus familias.

La historia de amor y traición que llevó a “Copérnico” a delatar a su exnovio y a develar las finanzas de “Chupeta” no le parece tan insólita a Naranjo, pues, según dice, “las pasiones, los desencuentros y hasta las inclinaciones íntimas son factores que llevan a la caída” de los grandes delincuentes.

Luego de ese golpe, Naranjo enfocó sus esfuerzos en capturar a “Chupeta”, quien según las investigaciones había huido a Brasil.

A esas alturas, el narcotraficante ya se había practicado al menos seis cirugías plásticas que le modificaron totalmente el rostro. Lucía con la barbilla partida, los pómulos desproporcionadamente pronunciados, la nariz afilada, las mejillas estiradas y rígidas, los ojos rasgados y los labios más delgados. Comparado con los retratos de su juventud, era un hombre desfigurado.

Pero de nada le sirvió al capo el cambio de rostro. Un equipo en el que participaban las policías de Colombia, Brasil y de la DEA lo ubicó en Sao Paolo. La madrugada del 7 de agosto de 2007, agentes del grupo allanaron la mansión donde residía en esa ciudad brasileña con una falsa identidad.

El capo tenía en una caja fuerte y enterrados en el jardín 1.5 millones de dólares y 450 mil euros en efectivo, así como 160 teléfonos celulares que utilizaba para manejar su negocio sin que la policía le pudiera seguir el rastro.

Naranjo y agentes estadunidenses calcularon que en ese momento la fortuna de Ramírez Abadía superaba los mil millones de dólares, pero ese dinero de nada le sirvió. Un año después fue extraditado de Brasil a Estados Unidos.

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Cuando fue capturado en Brasil, Naranjo se dio cuenta que el acaudalado narcotraficante “ya no era el yupi que habíamos visto unos años antes, sino un personaje que reflejaba en su mirada una gran frustración”.

En 2018, “Chupeta” se convirtió en informante y declaró en el juicio contra “El Chapo” Guzmán, a quien dijo conocer en persona y al que ubicó como su socio en gran parte de las 400 toneladas de cocaína que envío al mercado estadounidense a través de México. Aseguró que, como pago, el jefe del Cártel de Sinaloa se quedaba con el 40% de la droga.

De acuerdo con Naranjo, el testimonio de Ramírez Abadía en una corte en Nueva York fue “fundamental” para la condena de cadena perpetua más 30 años de prisión que le impuso un juez federal a “El Chapo”.

En cambio, el capo colombiano cumple una sentencia de 25 años de cárcel que podría ser reducida por su colaboración con la justicia estadounidense.

Pero Naranjo considera que el testimonio de “Chupeta” contra “El Chapo” fue “la constatación de la derrota” de Ramírez Abadía y de “la tragedia en que se convirtió su vida”.

“’Chupeta’ –dice Naranjo del reo de 58 años de edad– tenía condiciones de galán de televisión, era universitario y tenía un futuro por delante, pero se volvió un narcotraficante sanguinario, un matón-matón, y terminó con el rostro desfigurado, perseguido y en la cárcel”.

RC

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