El campanero

El Bronx se ubica en el centro de Medellín.

Algunas economías están paradas en el Valle de Aburrá por el coronavirus, la venta de droga no. Aunque los precios de distintas sustancias estupefacientes han variado por los problemas asociados al covid, la operación de venta de drogas se mantiene como una de las empresas más estables -legales o ilegales- de la ciudad en la actualidad.

Para vender drogas se necesita un equipo humano grande en conjunción con un espacio que cumpla las necesidades para la prestación de los servicios bajo condiciones de seguridad donde se puedan realizar transacciones clandestinas con efectivo de las que nunca quedarán rastros.


Foto tomada por la Agencia de Prensa Análisis Urbano en las cercanías del sector conocido como el “Bronx”, una plaza de vicio a escasos metros de la estación Candelaria de la Policía Metropolitana del Valle de Aburrá

Además de aquellos que empacan la droga, venden los productos y cuidan las plazas con armas de fuego, hay otros personajes que se encargan de avisar por medio de distintos tipos de señales la llegada de alguna amenaza para el negocio.

¿Una amenaza qué es? Una moto de la policía, un carro del Ejército, una caravana de carros blindados, personas con carnets de periodistas.

Recordemos que más allá de las implicaciones éticas, morales e incluso religiosas sobre el asunto de las drogas, el negocio de estas en Medellín es multimillonario y mueve bastantes billetes cada hora.

Entonces hay personas que tienen que cuidar el negocio, que tienen que ser el primer filtro para quienes lleguen a la plaza, para divisar cascos verdes de motorizados o para estar pendientes de sonidos o actitudes sospechosas.

Estas personas, estos trabajadores, se conocen como campaneros, y se trata de un trabajo por el que se pagan hasta 50 mil pesos por turno en Medellín, de acuerdo con investigaciones y entrevistas de Análisis Urbano.

Los campaneros por lo general no están de manera directa dentro de la plaza, sino a un par de cuadras en alguna esquina, observando calles, personas, carros y luces.

Análisis Urbano tuvo la oportunidad de hablar con un campanero de una de las principales plaza de vicio de Medellín. Esta persona nos contó que trabaja en este negocio desde 1972, cuando lo que se perseguía desde la ley era el contrabando y el licor.

“Para que sepan”, nos dijo, “aquí la seguridad tiene un esquema, y nosotros cuidamos tanto al cliente como al proveedor (…) si viene la tomba y empiezan a dar bala aquí al lado tenemos a veinte hombres armados que salen y responden.

Los tombos ya saben eso y no hacen esas cosas porque no quieren armar una guerra. Ya en los noventa en Medellín se dio mucha bala y hoy en día los tombos prefieren reprender al negocio y al consumidor desde la ley y no desde la violencia”, nos dijo.

De acuerdo con las investigaciones de años y años realizadas por Análisis Urbano, hoy podemos afirmar que en el Valle de Aburrá hay por lo menos 800 plazas de vicio, además de la mega plaza que abarca barrios enteros, como sucede en el Barrio Antioquia.

Mapa de las más de 800 plazas de vicio en Medellín.

Se puede decir que sí, la droga abunda en Medellín.

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El portal Vice lo contaba así en el 2018: “Conseguir drogas en Medellín, hay que decirlo sin tapujos, es demasiado fácil. (…) basta con mirar alrededor, preguntar con un guiño de complicidad, esperar no más de uno o dos minutos, pagar la cantidad exacta y recibir el producto con alegría (…)

(…) este no es un negocio pequeño y mucho menos ‘clandestino”, publicó Vice.

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¿De dónde sale lo de campanero?

Resulta que, como en los ejércitos, los grupos paramilitares colombianos empezaron a llamar a sus miembros por códigos para reconocerse y no delatarse ante sus enemigos. Dentro de esos cargos, y en una alusión a la palabra “campana” o “campanear”, se inventaron el cargo de “campanero”, una locución ingeniosa si se tiene en cuenta que esta persona es quien hace ruido cuando el riesgo llega.

Más hacia la antiguedad, la tradición de tocar la campana se usaba también en las plazas (centros de los poblados coloniales), para avisar que llegaba alguna invasión o algún ataque.

Por lo general los campaneros son de los primeros eslabones en las cadenas del narcotráfico, por lo que muchas veces estos trabajos son realizados por menores de edad.

Otros trabajos de menores de edad en las cadenas criminales colombianas, según el Centro Nacional de Memoria Histórica, son los de ‘carrito’ (transportadores de armas y mensajeros), ‘punto’ (labores de inteligencia y avistan policías, soldados y miembros de grupos enemigos), ‘recadero’ (lleva mensajes o información), ‘maleteros’ (encargados del contrabando), ‘mochilero’ (cargan granadas de fragmentación para repartir en el combate), ‘caletero’ (almacenan y transportan dinero y armas) y combatiente.

Base paramilitar dibujada por un niño reclutado y posteriormente desmovilizado. Foto del Centro Nacional de Memoria Histórica.

Todo esto es lo que hay detrás de la droga que se consume en Medellín.

Las alcaldías vs la criminalidad

En cuanto a las estrategias de seguridad para afrontar el negocio del narcotráfico y las plazas de vicio, las alcaldías no han cambiado métodos desde hace años. A pesar de que el alcalde actual, Daniel Quintero Calle, anunció una estrategia frontal contra la criminalidad en Medellín, lo cierto es que en el tema del narcotráfico todo pareciera seguir igual.

De hecho, tenemos no menos de dos fuentes que aseguran que en los pasillos de la Alcaldía, Policía y Fiscalía se habló de que no se acataría la orden de cerrar el Barrio Antioquia durante la pandemia. ¿La razón? Ayudar a mover la economía de Medellín.

Cada 10 o 20 minutos pasa una patrulla de la Policía por este barrio, pero lo hace más por una cuestión de rutina y de buscar robos o gente sin tapabocas que para decomisar droga.

Además, recordemos, en Colombia existe hace décadas la figura de la dosis mínima de droga, amparada en el derecho constitucional del libre desarrollo de la personalidad. Aunque han existido múltiples iniciativas de distintos sectores para tumbar la dosis mínima, la Corte Constitucional siempre ha confirmado que una persona puede poseer un número de gramos determinado de marihuana, cocaína y otras sustancias para consumo recreativo y medicinal sin que esto sea un delito.

Ahora bien: sembrar a gran escala, vender, distribuir… eso es otra cosa. Eso sí no se puede.

Pero, la cuestión es que ahora la Policía no parece interesada en los consumidores y compradores, y más aún después del revés que sufrió el Código de Policía.

Miles de consumidores de alcohol y drogas ingresaron al sistema de la Policía por inclumplir dicho código hace un par de años, y las multas ascendían hasta a 500 mil pesos sin incluir intereses. Por esta razón, mientras estuvo vigente el código, los policías perseguían a cualquier persona que estuviera fumando marihuana o tomando alcohol en la calle, sabiendo que eso representaría una multa y un pago para la institución.

Meses después la corte tumbó la parte del código que perseguía a los consumidores. Desde entonces, todas las deudas y las multas fueron condonadas, y los policías dejaron de “joder” al “marihuanero” y al “borracho”.

El tráfico de drogas interno o microtráfico como se conoce en las calles es un negocio duradero

El modelo de negocio de plazas a gran escala como sucede en Barrio Antioquia ha sobrevivido ya a cinco alcaldes, tres presidentes, decenas de secretarios de seguridad y ministros de Defensa, centenares de funcionarios municipales y miles de ataques por parte de la Fuerza Pública.


Foto de la Alcaldía de Medellín.

En esta foto, publicada por la Alcaldía de Medellín en 2018, podemos ver de izquierda a derecha a Iván Duque, Guillermo Botero (ministro de Defensa en ese entonces), Federico Gutiérrez (quien ya está en la baraja de presidenciables de la centroderecha) y por lo menos nueve miembros de la Policía.

El momento corresponde a uno de los habituales y ya esperados operativos antidroga en Barrio Antioquia. Durante un par de horas, un contingente de la Fuerza Pública inunda una de las plazas, requisa a quienes estén, decomisan bolsas de estupefacientes y le hacen una calle de honor a algún político para que llegue a mostrar ese triunfo.

Un operativo, un decomiso, fotos, capturas y mensaje del alcalde o del presidente. Mientras tanto, miles de operaciones, de transacciones, ninguna captura y el alcalde ni se entera.

Respecto al operativo de la foto, el portal ¡PACIFISTA! describió así la situación en octubre de 2018: “todo el operativo se montó, como casi siempre, en forma de espectáculo. Cámaras y periodistas. Como ‘golpaso’ al narcotráfico. Como si cada 6 meses no se hiciera algo similar en Barrio Antioquia. Y peor aún, como si el operativo hubiera tenido algún efecto significativo contra el crimen: un par de horas después del allanamiento, la venta masiva de drogas en Barrio Antioquia volvió, como pasa cada vez.

Tal vez sí se vio muy bonito el operativo en las cámaras, y Duque y ‘Fico’ quedaron contentos. Pero hay que ser sinceros, a Medellín todavía la dominan las bandas criminales, y el narcotráfico está presente y muy fuerte en todos los barrios de la ciudad”.

Montaje de Jorge Aroca para ¡Pacifista!

Quien hizo la investigación para este reportaje tuvo la oportunidad de estar presente en un allanamiento a una plaza de vicio de Medellín hace dos semanas. Un policía salía sonriendo en las fotos del reporte detrás de un tapabocas.

A cuadra y media de allí se seguían vendiendo bolsas de cocaína y cigarrillos de marihuana.

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