Bogotá, 2 may – El circo, con sus acrobacias, malabares y contorsiones, se ha convertido en una vía de escape para jóvenes colombianos que buscan darle un giro a su vida, oportunidad que hallan en el Centro Juan Bosco Obrero de Bogotá con capacitación en actividades como cocina, contabilidad o artes circenses.
A las faldas de las montañas de Ciudad Bolívar, la localidad más pobre y poblada del sur de Bogotá, se aferra con fuerza una gran carpa de circo en donde todos los días se escuchan risas, música y el rechinar de muelles de camas elásticas, signos de un trabajo callado que busca cambios en una población necesitada.
Con vergüenza, el joven admite a EFE que fue ladrón y estuvo en centros de reclusión para menores de edad y más tarde las malas decisiones lo llevaron a la cárcel La Modelo, donde estuvo más de 20 meses.
«Me voy a hacer otra vida», dijo cuando salió de la cárcel y antes de empezar a hacer malabares con limones y naranjas. Un día, su primo le dijo que se fuera con él para un semáforo en el norte de la ciudad y accedió.
Rojas recuerda que en su primera jornada ganó más de 50.000 pesos (casi 13 dólares), pero durante la pandemia por el coronavirus se lesionó y un compañero le recomendó pintarse la cara de payaso para hacer reír a la gente y lo motivó a apuntarse a la «carpa de Don Bosco», que tenía una convocatoria abierta.

Una educación accesible
El Centro Juan Bosco Obrero acoge diariamente a más de 600 jóvenes que viven en las colinas de la zona, donde residen cerca de 700.000 personas, muchas de ellas desplazadas por el conflicto armado o que son migrantes de Venezuela o Ecuador.
Es por ello que el rector del centro, el padre Luis Fernando Velandia, explica a EFE que la educación que ofrece «es muy accesible, entre ocho y diez euros al mes» para las titulaciones, que tienen una duración de diez meses.
Es el único centro de Bogotá que tiene capacitación circense, un título que homologa a jóvenes los estudios de acrobacia y equilibrismo, a la vez que les enseñan «materias transversales como estudios ambientales, destrezas comunicativas y espiritualidad».
La idea de la escuela técnica inaugurada en 1998 es sacar a los niños de las calles: «No estamos potenciando el trabajo infantil, preparamos a los jóvenes para que puedan generar recursos cuando sean adultos», indica.
De la carpa a las calles
Con nervios pero con emoción, los estudiantes estiran sus músculos y el profesor los organiza en grupos para aprender a saltar desde camas elásticas a colchonetas o practicar equilibrios en una cinta de ‘slackline’ ajustada entre dos columnas de la carpa.
Reiber Sumoza, al que artísticamente llaman ‘Reiberman’, es un venezolano de 29 años que llegó a Colombia hace cuatro y se apuntó a la carpa para «salir adelante».
Entre volteretas sobre una cuerda elástica, ‘Reiberman’ explica a EFE que durante los fines de semana se ubica entre dos columnas de una estación de autobuses urbanos de Transmilenio y ofrece su espectáculo a los conductores mientras circulan.
También en los semáforos trabaja Diego Felipe Varón, que añade una reivindicación a la que se suman todos los acróbatas y payasos de la carpa: «La gente cree que los malabaristas y ‘cirqueros’ son gente drogadicta y limosnera, queremos trascender ese concepto».
Paula Cabaleiro
EFE