Los habitantes de este corregimiento de Valdivia, en el norte de Antioquia, aseguran que el río nunca volverá a ser el mismo. Desde este miércoles son testigos de la agonía del cauce que hasta ahora había sido el sustento de este poblado.

Apostados a cada lado del puente sobre el río, decenas de personas detienen sus vehículos y se ubican para observar incrédulos el espectáculo. El que hasta hace unos días era uno de los ríos más caudalosos del país hoy parece una simple quebrada. Hasta su coloración cambió: de amarillo fuerte a verde cristalino. Son las más recientes consecuencias de la crisis por la que atraviesa el proyecto hidroeléctrico Ituango, a cargo de Empresas Públicas de Medellín, en el que el pasado martes fue cerrada una segunda compuerta, con el fin de que el agua deje de correr por la casa de máquinas, estructura que nunca estuvo diseñada para soportar tal presión.

Al bajar a la orilla, en Puerto Valdivia, la impresión aumenta. Un arrume de arena y rocas se impone sobre el poco flujo de agua y a su alrededor, troncos de árboles que quedaron anclados. El olor a pescado y a muerte reina en el lugar. Tan solo unos pocos pobladores recorren el sitio, todos en silencio, con una mirada de profunda tristeza como si asistieran al funeral de un ser querido.

Rito Mena es uno de ellos. Lleva 26 años pescando y sacando oro de estas aguas. Hoy recuerda con nostalgia las épocas de abundancia y al hablar de lo que está pasando sus ojos se llenan de lágrimas y su voz se quiebra: “Esto que le han hecho al río es infame. Mataron peces, flora, fauna; acabaron con nuestro patrón, porque nosotros trabajábamos aquí. Ya hoy no conseguimos nada” y agrega que “ver esos peces muertos fue muy duro. Este ya no es el río Cauca, es el río muerto”. Respira, toma un segundo aliento y saca fuerzas para no dejarse ganar por el llanto: “Antes nos reuníamos aquí 100 o 200 pescadores; mire hoy, no somos ni diez”.

Junto a él camina Albeiro Cárdenas, quien a sus 45 años no sabe hacer otra cosa que pescar. “Esto hay que entregárselo a las manos de Dios, porque ya no es lo mismo. Yo no creo que el río vuelva a ser igual”, comenta mientras señala las huellas dejadas por las aguas al descender de nivel que, según los medidores del IDEAM ubicados en la zona, al mediodía del miércoles había bajado dos metros y 11 centímetros. “Nunca había visto el río así, en mis 45 años es la primera vez. Yo decía que tenía miedo, pero esto es pavoroso, esto no tiene cuadradero. La zozobra de que esa represa se va a venir en cualquier momento y nos va a acabar es muy grande”.

Desde hace veinte días, cuando cerraron la compuerta dos de Hidroituango, el río comenzó a bajar de nivel y a cambiar su coloración, pero desde el martes las imágenes que guardan en su memoria no tienen precedentes. “Nos va tocar irnos, ya mucha gente se ha ido porque aquí ya no hay nada para hacer, tenemos prohibido entrar al río. Entonces ¿de qué vamos a vivir?”, se pregunta Mena.

En medio de las rocas y los gallinazos sobresale una figura, un sacerdote con su túnica negra, quien saca su teléfono para registrar el momento. “Es muy impresionante ver que me puedo parar en la mitad del Cauca, de verdad que estoy impactado”, tanto, que no quiso decir su nombre y prefirió alejarse en silencio con el rostro descompuesto.

Las mujeres de Puerto Valdivia lloran su río
Cuando hablan parecieran estar refiriéndose a un familiar agonizante por el que no pueden hacer nada para salvarlo.

El dolor se refleja en sus rostros y las lágrimas que ruedan por sus mejillas se evaporan tan rápido como las aguas del Cauca. Paulina Pérez, de 59 años, dice que lleva toda su vida aquí y le duele ver el estado en el que está el río: “No recuerdo haber visto nunca una playa en la mitad del Cauca. Esto me asusta porque también se ve la unión de la quebrada que desemboca en el río, eso tampoco se había visto. ¡Qué dolor ver que nuestro río se está muriendo!”.

Este es un pueblo pequeño, “pero el río siempre nos había dado para vivir y comer”, asegura Astrid Johana Loaiza Tabares, de 29 años, habitante de la zona, quien conmovida recorre la orilla del Cauca y recuerda que hace unos meses tuvo que abandonar su casa por el problema en Hidroituango. “Antes mi esposo se rebuscaba la vida en una mototaxi, pero ya no tenemos de qué vivir porque la gente se ha ido del pueblo. Todo se volvió más incierto, porque hoy el río parece una quebrada y los peces se están muriendo. Ahora sí no vamos a tener de qué vivir”.

Diana Zapata tiene 34 años de edad, habita el sector de La Platanera, es madre soltera de cuatro niños y siempre ha vivido de la pesca. Con su voz ahogada por el llanto, aseguró que le duele ver que ya “ni siquiera eso voy a poder hacer, ahora estoy viviendo de la caridad de los vecinos. No sé cómo voy a alimentar a mis hijos”.

Situación similar vive Lucía Yamili Tejada, madre de dos hijos, y encargada de sus padres de 63 años. Ella se dedica al barequeo desde hace mucho tiempo, “antes de esta tragedia me sacaba entre 7 y 8 riales; es decir unos $300.000 pesos diarios y hace algunos días venía sacándome solo $40.000. Eso es muy preocupante porque con este problema no sé qué va a pasar”, explica mientras llena los costales de arena para filtrar el oro que pueda extraer.

Cada historia está cargada de una profunda tristeza y desesperanza. En medio del intenso sol los pocos que se atrevieron a ingresar al río trataban de sacar arena, tal vez lo único que aún queda para la venta.

Recorriendo las orillas se observan parejas con chalecos de colores y pequeños baldes en las manos. Son pescadores de la zona contratados por EPM para rescatar a los peces. No hablan, pasan presurosos con la cabeza agachada. Junto a ellos está la Defensa Civil, al mando de Juan Carlos Posada, coordinador operativo en Antioquia. En Puerto Valdivia hay 29 personas y 42 más aguas abajo hasta Nechí. Constantemente recorren el río en pequeñas embarcaciones en busca de los animales. “Ayer rescatamos muchos. Los que encontramos vivos los llevamos de nuevo al agua para que continúen su ciclo, a los muertos les hacemos la disposición final. A las personas les decimos que no consuman estos peces, porque por el calor se descomponen rápidamente y se pueden intoxicar”, explicó Posada.

Con el paso de las horas el nivel del río sigue descendiendo, pero aumenta la incertidumbre de los pobladores. Según EPM, que este miércoles reactivó todos los frentes de trabajo en Hidroituango (salvo en la casa de máquinas), el agua del embalse tardaría tres días en empezar a pasar por el vertedero. Sin embargo, aguas abajo parecen no importar mucho los anuncios de que el fin de semana las aguas volverán a circular por estas tierras, pues no importa si aumenta su cauce, para ellos, aunque vuelva el agua no vuelve la vida, pues el Cauca, dicen, ha muerto.

Tomado de El Espectador