Por Maveza

 Con el anuncio de los alias Iván Márquez, Jesús Santrich, el Paisa y alrededor de otros veinte integrantes de las nueva guerrilla de las FARC, sobre su regreso a la lucha armada, sin duda, hay sectores de la población que obtienen réditos de todo tipo, mientras que otros se aprestan a soportar las deplorables consecuencias de la confrontación bélica.

Dentro de los ganadores están los promotores nacionales e internacionales de la denominada «doctrina del amigo-enemigo», ampliamente estructurada por el filósofo Carl Schmitt. En palabras coloquiales: «quien no es mi amigo, es mi enemigo»; y por lo tanto la única solución posible a las diferencias ideológicas es la violencia de unos contra otros. En el caso local, los partidos políticos abanderados de las soluciones guerreristas verán incrementados de manera significativa el número de sus votantes en los próximos comicios electorales.

Igualmente, se verán beneficiados los integrantes de las bandas criminales, herederos del paramilitarismo y de sus muy lucrativos negocios, quienes han soportado después del proceso de paz con las FARC toda la capacidad ofensiva de las fuerzas militares del Estado colombiano; no obstante, seguramente el Ejército y la Policía tendrán hoy como prioridad aniquilar los focos de las disidencias de la ya no tan extinta guerrilla y muy especialmente las autodenominadas nuevas FARC, lideradas por Márquez y Santrich.

De igual manera, se ven beneficiados todos aquellos que se han mostrado escépticos frente a los resultados del acuerdo de paz, los que se oponen a su jurisdicción especial, los que prefieren la venganza a la justicia transicional, los que valoran más el escarmiento que la verdad, los que consideran plausible la justicia por mano propia, los que han sido indolentes ante los clamores de las víctimas y todos aquellos que han vivido la guerra desde la comodidad de sus plateas VIP. Asimismo, «los ciudadanos de bien», quienes se consideran inmunes a las circunstancias adversas de la vida y no admiten los «infames delitos» de los demás; aquellos guerreristas «incansables» que solo han visto un fusil en manos de los hijos del pueblo; algunos «ilustrísimos» periodistas, aguerridos defensores del belicismo, y, en general, una jauría de prestigiosos ciudadanos sedientos de sangre ajena.  Y ni que decir de los criminales de “cuello blanco”, corruptos, prevaricadores, inductores de la violencia, homicidas por acción u omisión, traficantes de influencias y demás, que nuevamente tenderán la columna de humo de la guerra para tapar sus fechorías.

Del otro lado, y como perdedores, están los excombatientes de las FARC que han apostado todo por la paz, incluso ante la pobre implementación del acuerdo adelantada por el gobierno del presidente Duque. También los desmovilizados de otros grupos guerrilleros que un día tomaron las armas al considerar que era la única opción viable en un país pensado para la exclusión y la inequidad, y que hoy son férreos defensores de la paz y la convivencia pacífica; las víctimas, injustamente expectantes, y quienes siguen esperanzados en conocer una verdad que cada día se diluye más en los artilugios de la demagogia. Y ni que decir de los ilusos, soñadores, quiméricos, utópicos e idílicos defensores de la dignidad humana, humanistas a ultranza, aquellos que aún piensan que dicha calidad no se pierde ni en las más deprimentes condiciones a las que a diario se enfrenta el ser humano.

Asimismo, en el limbo de los vencidos, se encuentran los promotores y tutores del acuerdo, los defensores de derechos humanos y líderes sociales y comunitarios, quienes muy seguramente verán incrementada la estigmatización propia de la guerra sucia de las élites del poder.

Ensalzados e inocentes de su espurio destino se encuentran nuestros policías y militares, en un porcentaje superior a 90 %, provenientes de los estratos uno y dos, condenados a ofrendar hasta su vida por los intereses utilitaristas del poder político y económico; defensores de la «patria» ajena, de la Nación de unos pocos, de nuestras riquezas que se transfieren legal, pero ilegítimamente a las transnacionales; hombres valientes, de manera solapada ofrendados al dios Ares y lisonjeados tardíamente en sus lechos o, peor, en sus tumbas.

Guerreristas, la mesa está servida, no dejéis que siervos, bufones y lacayos disfruten opíparamente de la orgía de sangre, dolor y amargura; no les permitáis que devoren el odio, el rencor y la venganza; arrebatadles el alimento de los buitres y colmad vuestra alma, hasta la saciedad, de tanta infamia.