La ciudad perdió a Juan David Quintana hace cinco años; su muerte continúa impune

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No hay justicia. El 27 de mayo de 2015, miércoles, como hoy, sicarios acabaron con la vida de Juan David Quintana Duque. Le dispararon 25 veces. Dicen que la orden salió de adentro de la Oficina, para enviar un mensaje de muerte a quienes se atreven a denunciar. Canallas.

Peor aún. La institucionalidad sacó del bolsillo su libreto cargado de sangre inocente y vociferó entonces que “era un ajuste de cuentas”.

Juan David iba en una moto de bajo cilindraje por la carrera 43AA con calle 119, del barrio Popular N.2, cuando unos minutos antes de las nueve de la mañana fue atacado por dos sicarios motorizados que le dispararon con subametralladoras.

Convencido como era de que la educación es el motor del desarrollo, se esforzó en robarle niños a la guerra para entregárselos educados a la sociedad. Sus herramientas: la música y la lectura. Se enlistó en la red de bibliotecas de Medellín e inició un diplomado en artesanías en la Biblioteca España. Hacia ese lugar se dirigía aquella mañana trágica.

Se convirtió en un líder social y defensor de Derechos Humanos, una carrera con peligrosos enemigos en este país. Integró el Núcleo del Pensamiento. Hizo parte de la Mesa de DD. HH. de la comuna 6, Doce de Octubre. Denunció el maltrato a los niños en las escuelas de esa comuna, en la que vivió por muchos años, hasta que delincuentes que se creían dueños del barrio lo hicieron ir.

Pero regresó. De nuevo alertó sobre el maltrato, acerca de las relaciones ilegales entre un colegio y grupos ilegales, la venta de estupefacientes a menores de edad, sobre el cobro de “vacunas” a comerciantes, desplazamiento y el saqueo que los ilegales le hacen con total sutileza al presupuesto participativo.

Fue a la Fiscalía y cuando regresó, ya los bandidos sabían qué, cómo, cuándo y a quiénes había denunciado. “Ruido, contaminación, pobreza, miseria, indiferencia, desarraigo y barbarie son sinónimo de este ‘hogar para la vida’ con cara de tugurio o penthouse. La muerte la corroe, se sube por las paredes, se derrama en las aceras, lagrimas, llanto y gritos de dolor la bendicen como espacio de calamidad y tristeza, paraíso siniestro”, escribió semanas antes de morir.

A Juan David lo recordamos hoy. Su muerte sigue impune. Su alma está en todos los líderes sociales, que luchan denodadamente contra enemigos oscuros para denunciar las injusticias, el maltrato, la humillación que sufren los desdeñados, los menospreciados de este país.

Que en las comunas se roban el presupuesto participativo es algo que muchos saben, pero decirlo cuesta la vida. La Administración Municipal está en la obligación de cambiar este sistema. Los gobernantes de turno tendrán que ingeniarse otra manera de pagar favores políticos. La Fiscalía General de la Nación sabe cuántos líderes han asesinado por denunciar. Lo saben las autoridades. Pero no pasa nada. No hay justicia.

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