La guerra en la República Democrática del Congo: cuando huir es la única opción

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Centro de tránsito de refugiados de Nyakabande en el suroeste de Uganda. EFE/Pablo Moraga

Bunagana (Uganda), 9 de mayo de 2024.- No era la primera vez que la campesina Beatrice escuchaba una guerra: los disparos, los bombazos, los gritos de horror. Otros rebeldes han luchado en su localidad natal, Binza, en el este de la República Democrática del Congo (RDC), desde que era pequeña. Pero en esta ocasión, ya no pudo más.

La campesina, que tiene 37 años pero oculta su apellido por miedo, decidió huir después de que el grupo rebelde Movimiento 23 de Marzo (M23) matase a su marido el mes pasado. Ni siquiera pudo enterrarlo.

Le explicaron que los insurgentes lanzaron una bomba contra un grupo de personas que incluía a su esposo. Eso es todo. Y entonces pensó por primera vez que sus hijos podrían ser los siguientes en morir.

El pánico le empujó a caminar un día entero hacia Uganda. Los niños se quejaban cuando cayó la noche. Decían que estaban cansados, que tenían hambre. Pero Beatrice estaba tan asustada que no les dejó parar.

“No sé por qué esos rebeldes están luchando. Nunca he llegado a hablar con ellos. Cuando escuchamos las balas y las bombas, intentamos huir por todos los medios para que no nos maten”, comenta a EFE.

Beatrice habla despacio, con una rabia contenida por el cansancio. Lo ha conseguido: está en Bunagana, uno de los puestos fronterizos que separan la RDC de Uganda. Es un sitio seguro, pero no sonríe. Ni siquiera esboza una sonrisa tímida. No quiere estar aquí.

Y no es la única. Según las autoridades ugandesas, en lo que va de año, unos cincuenta congoleños cruzan cada día la frontera de Bunagana para escapar de las batallas del M23.

Según La Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC, por sus siglas en ingles), desde el comienzo de la crisis en marzo de 2022, más de 1,6 millones de personas han sido desplazadas y las recientes escaladas han obligado a cientos de miles más a buscar refugio en condiciones de hacinamiento en países vecinos.

IFRC está ampliando su coordinación transfronteriza con las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y apoya a los refugiados en países como Uganda gracias al apoyo continuado y los fondos de ayuda humanitaria de varios donantes como la Unión Europea.

“Muchos llegan hambrientos, pero desafortunadamente no siempre tenemos comida para ellos. Otros necesitan atención médica. Les damos primeros auxilios o los llevamos a lugares donde pueden recibir otros tratamientos”, dice a EFE uno de los voluntarios del CICR, el ugandés James Kali, que espera a diario en Bunagana la llegada de refugiados congoleños y les da una amable recepción.

“Tampoco tienen ropa suficiente. Familias enteras llegan con bolsas pequeñas. Nos dicen que han dejado todo atrás. Algunos de sus familiares están muertos o desaparecidos”, añade Kali.

Beatrice le cuenta que tenía sueños compartidos con su esposo: comprar más terrenos para comer mejor, usar esas cosechas para pagar los estudios de sus hijos. Pero la guerra ha destruido esos planes.

Una guerra sin fin

A sus 26 años, la congoleña Yudita Ntacowakora llevaba una vida sencilla, pero le gustaba. Tenía un huerto que le daba comida para sus dos hijos. Pero cuando los rebeldes tomaron su pueblo, Kaweza, el año pasado, los problemas crecieron.

“El M23 nos dice que esa parte del país no nos pertenece. Dicen que ellos son los dueños. Molestan a los agricultores, violan a las mujeres”, comenta Yudita a EFE en el centro de tránsito de refugiados de Nyakabande, en el suroeste de Uganda, a unos veinte kilómetros de Bunagana.

Su marido, recuerda, se marchó después de perder a todos los miembros de su familia a manos del M23. No sabe dónde está. Apenas responde a sus llamadas. En ocasiones, le asegura que busca trabajo en la ciudad congoleña de Goma. Pero Yudita duda.

Quizás se unió a un grupo rebelde, aunque Yudita prefiere no hablar sobre esa posibilidad.

En el este de la RDC luchan más de cien grupos armados, pero ninguno tiene una capacidad militar tan alta como la del M23, que supuestamente cuenta con la cooperación de la vecina Ruanda -un extremo que Kigali siempre ha negado- y ha vencido al Ejército congoleño en tantas batallas que ahora controla localidades en la provincia de Kivu del Norte.

Para intentar someterlos, las Fuerzas Armadas congoleñas colaboran con otros grupos armados, enemigos del M23 rebautizados como “wazalendo” (“patriotas”).

Mientras se suceden esos combates, en Nyakabande centenares de congoleños esperan en una fila a ser registrados para su reubicación, con el objetivo de empezar una vida nueva en uno de los asentamientos de refugiados de Uganda.

Yudita los mira mientras se prepara para amamantar a uno de sus pequeños, que intenta escalar su cuerpo con impaciencia.

“No hay paz en el Congo. Siempre escuchamos en la radio que los rebeldes están dándonos unos días para que podamos volver a nuestras casas, pero entonces, los ataques, en vez de parar, aumentan”, lamenta.

“Personalmente -concluye-, creo que nunca habrá paz. Hemos nacido y crecido en una guerra. Y ahora nuestros hijos tampoco conocen la paz y no pueden recibir una buena educación”.

Pablo Moraga

EFE