La reinserción en EE.UU., largo camino tras un sistema carcelario que deshumaniza

FECHA:

Nueva York, 23 mar- Un programa en Nueva York está transformando las vidas de exprisioneros que quieren dejar su pasado atrás, a quienes ofrece la oportunidad de hacerse de una carrera, alojamiento y apoyo espiritual mientras estudian, para forjarse un futuro después de una vida detrás de las rejas.

Roberto Rivera, un expandillero que estuvo preso 26 años y ahora forma parte del programa «Thrive for Life» (Prosperar por la vida), habla durante una entrevista con Efe junto a cuadros de su autoría, el 21 de marzo de 2023 en El Bronx (Nueva York). EFE/Ángel Colmenares

Aunque el programa «Thrive for Life» (Prosperar por la vida) es apoyado por el Arzobispado de la Iglesia Católica de Nueva York, no se exigen creencias religiosas concretas para acogerse a él, como tampoco se exige una edad mínima o máxima.

Nadie les juzga, en una sociedad donde haber estado preso sigue siendo un estigma. Solo cuenta su deseo de cambiar y compromiso de cumplir las metas, tras lo cual continúan sus vidas de forma independiente.

«Este lugar es el único en el país de vivienda para expresos con este formato» de estudios y apoyo, comentó a EFE el sacerdote jesuíta Zach Presutti, que fundó en 2017 el programa.

En 2019 abrió la primera Casa de Estudios Ignacio en El Bronx con 13 exreos que decidieron iniciar una nueva vida a través de la educación, con becas de conocidas universidades.

Una pieza clave en Casa Ignacio es la monja Katie Sitja y Balbastro, religiosa de la congregación Hermanas del Inmaculado Corazón de María (IHM), una argentina dedicada a una de las poblaciones más marginadas y que en este momento supervisa la remodelación del nuevo hogar de Casa Ignacio, con espacio para 15 exreos.

ENTRÓ EN LA CÁRCEL CON 15 AÑOS, SALIÓ CON 41 AÑOS

Roberto es uno de ellos y llegó a Nueva York hace solo un mes. Estuvo preso 26 años, parte de una sentencia de 45 en California, donde lo juzgaron como adulto a los 15 años. Era pandillero y fue condenado por la muerte de una persona asesinada por su pandilla.

Fue en la prisión donde conoció al padre Presutti, al que considera «un hermano» que lo invitó a Nueva York.

«Yo era pandillero y California me sentenció como adulto. Era una vida muy peligrosa. Estuve en el hoyo (confinamiento solitario) veinte años porque hacía cosas muy malas, me dijeron que iba a morir en la cárcel», dijo a EFE en Casa Ignacio.

Recordó que una película que vio en prisión, sobre la vida de Jesús, le hizo reflexionar sobre su vida, pero también le trajo problemas con su propia pandilla.

«Cuando vi la película me cambió, yo miraba (reflexionaba) que todas las cosas que hacia eran malas…. Oía una voz… pero yo era pandillero, no sabía hacer nada mas», indicó Roberto, que siempre tuvo interés en la pintura, única actividad que le permitía no enloquecer en prisión.

A falta de materiales, cortó su cabello que usó como pincel y con mucha paciencia sustrajo los colores de las páginas de una revista y de la envoltura de dulces que usó como pintura.

UNA PANDILLA QUE NO ACEPTA «DESERTORES»

Con 41 años, en 2021 quedó en libertad, pero, tuvo que hacer frente a su antigua pandilla, que no aceptaba que quisiera «independizarse».

«Me querían matar porque dije ‘no quiero más de eso’. Estuve con ellos desde que era un niño», dijo y asegura que su vida dio un giro al llegar a Casa Ignacio, donde le han comprado materiales de arte.

Ahora espera por una beca porque quiere ser maestro de arte, obtener un empleo y traer a su novia.

Italo Sánchez también estuvo en una pandilla y salió de prisión en 2015. Es uno de los primeros beneficiarios de Casa Ignacio, donde ahora vive de forma permanente y está a cargo de su mantenimiento mientras trabaja en construcción.

Asegura que con apoyo su vida «cambió mucho», por lo que quiere estudiar consejería para ayudar a otros exreos.

«Quiero ayudar a la gente que está saliendo de la prisión y ojalá algún día pueda cambiar la vida de ellos también», afirma.

LAS CÁRCELES «DESHUMANIZAN» AL REO

«Rehacer sus vidas es un proceso largo, de dolor y sanación y algunos traumas son muy fuertes. Es difícil procesarlo», comenta a EFE la monja, que como una hormiga camina de un lado a otro, en vaqueros y camisa de manga corta, atenta al trabajo de restauración.

«Las cárceles deshumanizan a las personas. Es un sistema que anula la individualidad, creatividad e iniciativa, solo quieren personas que sigan reglas y rutinas. Por eso cuando los presos muestran una idea, el apoyo es ínfimo», señala.

Comenta que cuando algunos salen de prisión no tienen a dónde ir porque están rotas las relaciones familiares y se ven obligados a ir a un refugio público, donde abundan los vagabundos, los dementes o los adictos.

«Vivir en un refugio no es vivir, es sobrevivir. No es un lugar seguro», afirma.

«Thrive for Life», abrirá este programa para mujeres en los próximos meses en el condado de Queens y se extenderá a otros estados.

Ruth E.Hernández Beltrán

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