Las mujeres cuentan cómo viven la construcción de paz

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La paz, palabra esquiva, es volver a ver a mi madre, poder decirle “gracias por soportar tantos años de angustia sin saber de mí, porque fueron muchas las lágrimas derramadas sin saber qué sería de su hija”; recordar con tranquilidad el día que “al fin sanos y salvos llegamos a la finca, a empezar de nuevo una vida llena de incertidumbres, sin dinero, pero lo más importante, estábamos juntos”; pensar en la vida en la selva ahora, cuando en “nuestro centro poblado desde las 4:00 de la mañana se sienten los ricos aromas del café mañanero, la carne frita que no puede faltar en el lonche y en eso de las 5:30 a.m. invade nuestra tranquilidad el llanto de los niños y el rugir de las motos, que inician a calentar motores para salir a trabajar en los diferentes proyectos y cultivos: plátano, sacha, yuca, maíz, peces, gallinas y cerdos”; y producir nuestro propio café, recordando que “ese momento fue muy triste para nosotras, porque tuvimos que irnos y dejar toda la vida que nuestros padres con tanto trabajo nos habían dado”.

Esa es la paz que construyen las mujeres líderes, excombatientes, víctimas y niñas campesinas, afros e indígenas de Chocó, Antioquia, Atlántico, Norte de Santander, Bogotá, Caldas, Valle, La Guajira y otros departamentos. La paz que se animaron a escribir desde sus territorios, y que buscaron la manera de hacer llegar a Bogotá, para escribir el libro Contadoras de historias: relatos de mujeres para no olvidar.

Esta publicación, que produce el Centro de Pensamiento y Diálogo Político (Cepdipo), con apoyo de la Embajada de Noruega y ONU mujeres, recoge 76 relatos en los que hay historias de vida, cuentos, poemas, dibujos e historias de territorios u organizaciones en los que ellas, y algunos niños, respondieron qué les ha significado la construcción de paz.

Esa respuesta, como explica Ximena Correal, coordinadora editorial del libro e integrante del Cepdipo, se da desde las emociones. “Las emociones son el hilo conductor, pero no vistas de una manera peyorativa, de pensar que las mujeres “somos muy emocionales”, sino como una estrategia de lucha y de sacar la paz, la palabra, porque el patriarcado, el sistema como está, nos ha condenado a las mujeres a callar, o a hablar más pasito o a hablar solo de unos temas y no de otros. Ante la pregunta, que es muy general, ¿cómo puede responder uno? Pues desde lo que a uno le motiva, le toca, le motiva o quiere hacer”.

Sin embargo, cuando empezaron el proyecto de recoger las historias de las mujeres, todavía no sabían eso. Fue en marzo de este año, en el marco de la campaña Somos Movimiento: Mujeres, Paz y Territorio, que visibiliza iniciativas de mujeres en proceso de reincorporación, cuando decidieron lanzar una invitación abierta para contar sus procesos, y qué enfrentan y viven las mujeres cuando aportan a la construcción de la paz.

No esperaban que la acogida fuera tan grande. Durante abril recibieron historias desde los lugares más remotos. Algunas, incluso, llegaron en forma de una foto que se le tomó a un cuaderno donde la mujer contó su historia. Y llegaron otras fotos de dibujos, y otras a través de la vecina que sí tenía cómo acceder a internet. Fueron 76 historias. “Y nos preguntamos qué va y qué no va, y dijimos: no vamos a descartar ninguno”, recuerda Ximena Correal. “Independientemente de cómo lo hayan enviado, es el esfuerzo de una persona que de manera voluntaria decidió escribir, y luego decidimos no interferir en cuestiones que cambien sus escritos. Solamente hicimos corrección de estilo”.

De esta manera, Contadoras de historias es un libro cuyas autoras son las mujeres que se decidieron a escribir o dibujar. Y aparecen historias diversas, como la de una mujer indígena de Nariño que cuenta cómo la violencia sacó a su pueblo del territorio y cómo esto afectó su cultura. O el breve relato de Alejandra González, hija de excombatientes de las Farc, que se pregunta por su futuro, pues sus padres quedaron por fuera de las listas de la exguerrilla.

Para Correal, el valor de este libro es, sobre todo, que las mujeres vean en él su voz, que se atrevieran a enviar su relato y narrar desde adentro la complejidad del conflicto armado, que no está allá lejos, sino que llega a las casas. Además, rescata la posibilidad de dar un micrófono para ellas. “La historia oficial en los libros, los portales web, los medios, ha sido construida utilizando una imagen hegemónica, sexista. Se han marginado los relatos de mujeres anónimas, que no tienen cargos ostentosos, que quizá nunca se habían aventurado a escribir. Servir como plataforma para mostrarlo contribuye a nutrir esas otras narrativas a través de lo que significa la construcción de la paz. A nosotras eso siempre nos interesó y con el tema de la campaña nos sigue interesando: acercar estos temas que parecen tan abstractos. No hay mejor ejemplo que las mismas vivencias y experiencias de las mujeres que quisieron compartir, que se aventuraron a enviarlo a la convocatoria”.

Escogimos algunas partes de tres relatos que aparecen en el libro.

Recuerdos de mi infancia: 1987. Por: MH.

“Un día de pronto se fue mi madre, partió a la eternidad dejando una niña acabada de nacer. Mi viejo, mi viejo agotado por el trabajo, por la edad, sin mercado asegurado para sus productos, sin transporte y a tres horas para llegar a la carretera, con sus ojos húmedos de las lágrimas que se deslizaban por su demacrada mejilla, una flor blanca sobre el féretro de mi mami, abraza el cajón y le da el último adiós a su amor del alma, se va una mujer líder comunitaria, madre, esposa y amiga, integrante de la UP.

¡Qué está pasando! ¡No soporto más! Me voy, yo me voy, a las filas de las Farc-Ep.

Llegué, ahí pasé mi adolescencia, me hice mayor, me formé, aprendí a leer, a escribir, aprendí muchas cosas bonitas: solidaridad, fraternidad, pero también a experimentar el dolor de perder a mi padre, el primer amor de mi vida. El Ejército, con máscara y brazalete de paramilitares, a sangre fría tortura y asesina a mi viejito.

¿Qué me sucede?, ¿por qué tanto dolor?, ¿por qué tanta maldad?, ¿por qué a mí?

Dos años después, me informan que el Ejército presentó un falso positivo.

¿Quién es? Sí, ese es mi único hermano, ¿dónde está?, ¿a dónde lo llevaron?

Nadie dio razón, lo uniformaron, le colocaron un fusil y cuando se dieron cuenta de que estaban descubiertos por los campesinos, que les gritaban asesinos, lo envolvieron en un plástico, lo subieron a un helicóptero, no sabemos dónde lo arrojaron, a quién se lo entregaron o si lo enterraron.

Entréguenmelo, por favor, ese es mi hermano.

Hoy en este proceso de reincorporación, conservo los recuerdos dentro de mi corazón como un tesoro, a pesar de lo doloroso que ha sido para mí y mis hermanitas nadar a contra corriente con el corazón hecho hilachos, con una herida que sangra lentamente, tratando de dar forma a lo destruido, estirándonos como el elástico para alcanzar los objetivos, secándonos las lágrimas, apretando el micrófono para denunciar lo sucedido.

Aquí sigo de pie, luchando como he prometido, con las mujeres, adultos y los niños, porque lo que me enseñó mi papi, mi mami y el partido es que no se desfallece a pesar de lo sucedido”.

Poesía a la vida, por Noelia Paz, de la Asociación de Mujeres de la Cuenca del Río Jiguamiandó (Asomujigua)

“El desplace fue tristeza

para muchos fue alegría…

Para los que no lo vivieron,

no saben lo que es la vida.

Antes del desplazamiento

vivíamos con dignidades, por eso es que hoy queremos

que nos dejen trabajar.

Mi nombre es Noelia Paz

ya con esto me despido

y es por esto que hoy les pido

que se acuerden de este río”.

Desde el territorio hasta la urbe con esperanza de paz. Por mujer indígena del pueblo de los pastos

Eran las nueve de la noche, ya estaba acostada, pues dormir temprano es una de las costumbres en el territorio de los pastos. No había nadie más en casa, solo yo, y no lograba conciliar el sueño, un miedo extraño invadía mi cuerpo y agudizaba mis sentidos. Se preguntarán ¿miedo de qué o a qué?, desconocido hasta el momento, pero, como decían las abuelas, cuando va a pasar algo malo, el indígena lo presiente.

Y sí, una vez más se cumplían las sabias palabras de nuestras sabedoras. De repente, los perros ladraban y las vacas en el corral se asustaban. Nosotras aprendimos desde pequeñas a distinguir cómo reaccionan los animales a la presencia de desconocidos. Entonces, en medio de la oscuridad me levanté y caminé por la cocina, me acerqué a la ventana y miré en la entrada hacia la casa, varias sombras confusas entre los árboles, varios cuerpos que la oscuridad de la noche impedía identificar. Sentí más miedo, dado que no era una hora apropiada para recibir visitas.

(…) No eran ladrones o cuatreros como se les conoce en otras regiones del país. Ellos tenían otro fin, pues llamaban a mi padre por su nombre como si lo conocieran, pero él, aquella noche fría aún no llegaba a casa, se había tardado en reunión con las demás autoridades del cabildo, quienes estaban preocupados tratando de encontrar respuestas a la presencia de grupos insurgentes en el territorio, y por asesinatos de comuneros que se habían dado durante las últimas semanas. Al percatarse de que el objetivo de ellos no se encontraba en el lugar, le dejaron un mensaje: teníamos 24 horas para abandonar nuestra casa. Cómo olvidar ese momento.

(…) Aun así, todo transcurría, los de mi edad íbamos al colegio, porque era obligación estudiar. Debía ser alguien, aunque ya era alguien, pero ese alguien al que se refería mi madre, no era cualquier alguien, ella quería que saliera del territorio a la ciudad, a estudiar una carrera profesional. Esa era su ilusión o quizás no, lo que verdaderamente deseaba era proteger mi vida del terror constante. De pronto, ella anhelaba que, en vez de leer panfletos y grafitis amenazadores, leyera textos que me enseñaran a ser el alguien que ella soñaba. Espero volver a sentarme alrededor de la tulpa, hablar y saber si ya soy alguien o aún no.

(…) El tiempo avanzó y junto a él con muchos obstáculos se dio el logro de un título profesional, creo que por fin era alguien. Sí, efectivamente ya era alguien, quien, gracias a los buenos principios transmitidos de generación en generación, la sabiduría, orientación de la mujer que me dio la vida y el conocimiento académico se complementaron, y salió a flote la fuerza que nos ha caracterizado a las indígenas pastos. El miedo, guardado durante años, que me ponía una barrera a la hora de expresarme, quedó en una parte de la historia; por fin el temor se había ido de mi sentir”.

Tomado de El Espectador

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