Los acuerdos Londres-París industrializan la mafia del Canal, alertan las ONG

Fuerzas policiales patrullan este viernes el puerto de Calais (Francia). EFE/EPA/YOAN VALAT
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Calais (Francia), 25 de noviembre de 2022.- Las políticas migratorias británicas y francesas, incluido el último acuerdo firmado entre Londres y París este mes, están llevando a las mafias del Canal de la Mancha a industrializarse, con barcos cada vez más grandes como en el Mediterráneo, según las ONG francesas que trabajan en la zona.

“Las mafias salen reforzadas porque son imprescindibles a causa de la bunkerización de la frontera”, explica a Efe Pierre Roques, durante una entrevista con EFE en la ciudad de Calais (noroeste de Francia), desde donde la organización que coordina, L’Auberge des Migrants (una de las más importantes de la zona), distribuye ayuda para un millar de personas.

La situación en esta región del noroeste de Francia -el último paso para personas de todo el mundo que buscan alcanzar las costas inglesas después de miles de kilómetros de peregrinación- apenas ha cambiado. Incluso ha ido a peor, en el año transcurrido desde un trágico naufragio del 24 de noviembre de 2021.

En aquel suceso fallecieron al menos 27 personas -entre ellas tres menores y una embarazada- y otras cuatro siguen desaparecidas, la mayoría de origen kurdo-iraquí.

Los cadáveres fueron hallados flotando, en las aguas fronterizas entre Inglaterra y Francia, casi doce horas después de la primera petición de auxilio recibida por los servicios de emergencias franceses. Ni a uno ni a otro lado del Canal de la Mancha supieron organizarse para socorrerlos.

LAS MAFIAS, INDISPENSABLES

A pesar de que el presidente francés, Emmanuel Macron, prometió cambios para evitar que el Canal se convierta en un “cementerio”, pasado un año los esfuerzos se han centrado en aumentar la persecución en la costa a los que intentan lanzarse al mar para llegar de forma irregular a Gran Bretaña.

Vigilia este jueves en Dunquerke (Francia) en memoria de los 27 fallecidos en un naufragio hace un año. EFE/EPA/YOAN VALAT

Algo que, según las organizaciones de la zona, no disuade en absoluto a quienes ven por fin a solo unos kilómetros la meta final de un largo y peligroso viaje. Allí, creen, será más fácil trabajar aun estando indocumentados.

“Van a asumir cada vez más riesgos para cruzar, van a ser más y más sobre los barcos, van a correr más riesgos también cuando las condiciones meteorológicas no son buenas porque hay más opciones de que haya menos presencia policial”, asegura a EFE Fabien Touchard, coordinador de la oenegé Utopia 56 en la zona de Grand-Synthe.

“Esa acumulación de riesgos va en el sentido de que la peligrosidad crezca”, agrega.

Desde L’Auberge des Migrants, Roques también coincide: “cuanto más se militariza la frontera, más policía se pone sobre las playas, más se hacen indispensables las personas cuyo oficio es evitarla, es decir, el traficante”.

No solo las rutas son más peligrosas, sino que las prácticas de las mafias se están “industrializando”, según Roques.

“En la época del naufragio (noviembre de 2021) la gente pasaba más en embarcaciones de alrededor de treinta personas y actualmente encontramos muchos barcos donde son 60-70”, precisa en el mismo sentido Touchard.

Que los barcos son más grandes, de unos 10 o 12 metros, también lo confirma la Prefectura Marítima francesa, que en lo que va de año ha contabilizado en total ya 45.000 intentos de cruce, según informaciones facilitadas a Efe por los servicios de comunicación.

ACAMPAR SOBRE EL BARRO

También las condiciones de vida se han deteriorado de forma significativa entre los que acampan en la región de Calais y Dunkerque. El gran desencadenante fue el desmantelamiento en 2016 del campamento conocido como la Jungla de Calais, donde llegaron a vivir unas 6.000 personas.

Ahora los asentamientos son más pequeños y cambian cada 48 horas por las redadas policiales. Por ejemplo, en Loon-Plage, de donde partió la embarcación que naufragó el año pasado, las oenegés estiman que unas 600 personas sobreviven entre la maleza, en medio de una auténtica piscina de barro.

“Hay una crisis humanitaria que han creado voluntariamente Francia y los Estados europeos” al elegir una política de “mala acogida”, argumenta Roques. La crisis de Ucrania, sin embargo, ha “demostrado” que hay medios de sobra para acoger a los que huyen, recuerda.

Sin agua para ducharse, a bajas temperaturas y sin una distribución de alimentos regular, “las condiciones de vida son cada vez más duras” y aumentan los niveles de “violencia simbólica”, se queja también Touchard.

La mayor presión policial también ha provocado que los migrantes pasen más tiempo en esos asentamientos a la espera de su oportunidad, sin que el flujo de llegada de nuevos ocupantes descienda verdaderamente.

Uno de los que aguarda su oportunidad para cruzar, aunque prefiere mantener el anonimato, cuenta a EFE su historia. Nacido en Afganistán y de 25 años, era policía hasta la toma del poder por los talibanes. Tiene marcas en los brazos y piernas que muestran que quedarse allí no era una opción.

“Pagué 7.000 euros por el viaje desde Afganistán hasta aquí y son 2.000 más para cruzar”, precisa.

A pocos metros, un kurdo-iraní de 28 años que también espera su turno llena una botella del agua de las ONG. Sabe nadar, dice, pero si le pasa algo en medio del Canal tendrá pocas opciones. “Solo los peces pueden nadar así ahí”, se resigna.

Nerea González

EFE

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