Polarización: ¿único camino?

En la imagen, el expresidente y senador colombiano Álvaro Uribe Vélez. Foto EFE
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Durante algunos días guardé prudente silencio ante el anuncio hecho por el senador Álvaro Uribe Vélez, por medio de su cuenta de twitter, sobre la decisión tomada por la Corte Suprema de Justicia de dictarle medida de aseguramiento de detención preventiva domiciliaria mientras avanza el proceso que adelanta en su contra el alto tribunal. Sin embargo, y después de analizar con cabeza fría la andanada de opiniones, comentarios, insultos, descalificaciones, improperios y demás, emitidos por defensores y contradictores del señor Uribe Vélez, consideré necesario exponer mi opinión al respecto.

Nuestro país ha estado signado por una ola de violencia que parece interminable. El llamado «descubrimiento» no fue más que una época de exterminio físico, moral, espiritual, religioso y económico de los grupos indígenas que habitaban este territorio; posteriormente vinieron la gesta libertadora, las diferencias entre centralistas y federalistas, la guerra de los Mil Días, por mencionar solamente algunos de nuestros sucesos violentos. En los últimos tiempos soportamos la llamada «época de la violencia», los crímenes de Estado, la lucha insurgente y el surgimiento de los grupos paramilitares.

Precisamente, el suceso del senador y las reacciones de una y otra orilla revivieron en mí la preocupación permanente de la búsqueda de una solución, lo más objetiva posible, a la violencia que parece nos hubiera sido inoculada al momento de registrarnos como ciudadanos colombianos. Lamentablemente, en el país nacemos, nos violentamos, reproducimos nuestras violencias y morimos; muchos, tristemente, víctimas de dichas violencias.

Escuchar los graves ultrajes de lado y lado no solo me llena de desconsuelo, sino que me ratifica que la violencia en Colombia se volvió un problema estructural; la diferencia ideológica, cuyo único camino debería ser el debate respetuoso y con argumentos, se convirtió en, quizás, la principal causa de confrontación entre los ciudadanos, pasando por la ofensa, la descalificación e, incluso, las agresiones físicas. Se han escuchado llamados para despedir a los trabajadores que se declaren opositores a la ultraderecha e incluso a conformar grupos de paramilitares para eliminar a los militantes de la izquierda.

Debo aclarar, para quienes aún no lo saben, que no comparto el ideario de Álvaro Uribe y, por lo tanto, del Centro Democrático; es más, siempre me he declarado políticamente contrario a los mismos por razones que no vienen al caso en estos momentos, pero que he defendido en todas y cada una de mis manifestaciones; no obstante, tengo grandes amigos de ese lado del espectro político, y es precisamente por ello que había decidido no pronunciarme sobre los hechos descritos, amén que de un tiempo para acá he tratado de no realizar afirmaciones sin fundamento o que pudieren ofender a los partidarios de la citada corriente.

Creo firmemente que la única salida posible para un país civilizado es el diálogo y el debate respetuoso de las ideas, no queriendo decir con ello que se deba renunciar de lado y lado a las convicciones políticas; simple y llanamente es la posibilidad real de construir desde la diferencia y permitir llegar a acuerdos en pro de —y, sobre todo— las clases menos favorecidas. La polarización ha llegado a extremos inimaginables con responsabilidad de unos y otros, incluso de aquellos que prefieren permanecer al margen del debate político.

Definitivamente, es tiempo de reflexión, cordura, paciencia, sensatez y prudencia; en nada favorece al país seguir azuzando el enfrentamiento irracional entre los dos extremos políticos, el futuro de Colombia no puede depender de la suerte o la desdicha de un personaje, por más importante que lo consideren algunos y por más despreciable que lo consideren sus contradictores. Las instituciones permanecen, los seres humanos no somos más que un instante en su perpetuidad.

Por último, y teniendo en cuenta que el proceso en contra del senador Uribe Vélez apenas empieza y vendrán otras decisiones judiciales propias del proceso y los recursos que emplee la defensa del detenido dentro del mismo, me surgen los siguientes interrogantes: ¿si alguna de esas decisiones terminara favoreciendo definitivamente al expresidente, sus seguidores, que hoy atacan al alto tribunal, seguirán sosteniendo que es una Corte manipulada por la izquierda? En el mismo hipotético caso, ¿qué dirán los opositores del senador que hoy aplauden la decisión de la Corte Suprema de Justicia?, ¿seguirán respaldándola o afirmarán que los Magistrados incurrieron en prevaricato?

Maveza

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