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Una criatura de Pablo Escobar plenamente vigente

Este es un trabajo publicado en la revista mexicana Proceso que contó con la colaboración de Analisisurbano.org

MEDELLÍN.- En la cúspide de su poder, en los 80, el jefe del Cártel de Medellín, Pablo Escobar, no se asumía como un criminal sino como el presidente de una boyante empresa multinacional cuyo principal ingreso era la venta de cocaína al mercado estadounidense.

En sus jornadas cotidianas de trabajo, Escobar se refería al negocio como La Oficina, dice a Proceso un abogado que trabajó con el capo en esa época y que pidió omitir su nombre.

Cuenta que Pablo Escobar le decía todos los días a su esposa María Victoria Henao: “Voy a la oficina”.

Lo hacía antes de salir con su caravana de escoltas a las diferentes casas del municipio de Envigado, en el área metropolitana de Medellín, donde manejaba su “empresa”.

“La oficina no era un lugar especial, sino varias casas en las que él recibía gente, hacía sus negocios y atendía sus asuntos. Podía estar en Envigado, en Medellín, en su finca Nápoles, y para él todo eso era su oficina, su negocio. Él, a su organización, no la llamaba Cártel de Medellín, sino ‘mi oficina’”, cuenta el abogado.

Así fue tomando forma en el mundo de la ilegalidad de Medellín “La Oficina de Envigado”, que no sólo llegó a ser la firma criminal que administraba las operaciones del cártel, sino que con el paso del tiempo se transformó en una confederación de las bandas y pandillas de la ciudad y sus alrededores y en el ejército privado de Escobar.

La mañana del 19 de junio de 1991, día en que Escobar se sometió a la justicia, le comentó a sus allegados: “Hoy me voy entregar por razones de seguridad y porque en La Catedral (la cárcel que hizo construir especialmente para él y sus hombres, en inmediaciones de Envigado, y de la que se escaparían el 21 de julio de 1992) voy a reorganizar mi oficina”.

En La Oficina de Envigado –municipio en el que vivió muchos años el capo del narcotráfico— Escobar aglutinó a sus jefes de sicarios, como El Chopo, Cuchilla, Pinina, Tyson, La Quica, Elkin Correa, Mugre, Arete, Otto, El Palomo, Cuchilla y los hermanos David, Armado y José Prisco.

Ellos, a su vez, comandaban los “combos” de las comunas de Medellín, de donde salían los pistoleros que ejecutaban las órdenes de Escobar, quien era conocido también como “El Patrón” o “El Doctor”.

Para el experto en seguridad y profesor de la Universidad EAFIT de Medellín, Gustavo Duncan, La Oficina hoy “es un cuerpo colegiado, como dicen ellos, que congrega a las 10 mayores bandas que controlan la ciudad y su zona metropolitana, pero sin duda fue Escobar el que creó esa estructura”.

Medellín, indica el doctor en ciencias políticas, estaba lleno de estructuras criminales a mediados de los 80, y Escobar les dio armas, las financió y las hizo partícipes de los negocios ilegales en la ciudad.

“Pasaron de hampones de barrio a bandidos de mejor nivel”, señala.

A través de sus más de tres décadas de existencia, La Oficina ha mostrado una gran agilidad para adaptarse a las circunstancias del mundo criminal y, también, a las necesidades de la institucionalidad.

“Hemos ido mutando –dice ‘Ocho’, vocero de la dirección colegiada de La Oficina–. Hemos sido un bastión paramilitar que dio apoyo al Estado. En la época de ‘Don Berna’ trabajamos articuladamente con el DAS, el Ejército y la Policía para combatir estructuras de izquierda en Medellín, y apoyamos la Operación Orión (para expulsar a las milicias de la guerrilla de las comunas, en 2002)”.

Y no ha faltado la presencia empresarial en la organización. El caso más notorio ha sido el del propietario del equipo Envigado Fútbol Club, Gustavo Upegui, quien fue asesinado en 2006 y al que se llegó a mencionar como un alto mando de La Oficina.

Juan Diego Restrepo, autor del libro “Las vueltas de la Oficina de Envigado”, dice que esa organización fue creada como un mecanismo de regulación del narcotráfico a través del cual el Cártel de Medellín coordinaba el envío de cargamentos cocaína, establecía las rutas, resolvía disputas entre capos de la droga y actuaba como “agencia de cobro”.

Señala que al estallar la guerra entre Escobar y el Estado colombiano, a fines de los 80, La Oficina de Envigado –que hoy es conocida como La Oficina porque sus actividades abarcan toda la zona metropolitana de Medellín y no solo Envigado— adquirió mayor relevancia militar.

Fue, indica Restrepo, la ejecutora de magnicidios, asesinatos selectivos y atentados narcoterroristas que buscaban derogar la extradición de capos del narcotráfico a Estados Unidos.

En esa época, que precedió la entrega de Escobar a la justicia, se consolidó como el brazo armado del Cártel de Medellín y el centro de reclutamiento y capacitación de los sicarios de confianza del jefe de la organización criminal.

En la cárcel La Catedral, Escobar, en efecto, logró “reorganizar la oficina”, es decir, su negocio de narcotráfico.

Pero los excesos que cometió con sus socios y los frentes de guerra que abrió contra el Estado y contra el poderoso Cártel de Cali sellaron su caída.

A principios de julio de 1992, Escobar y sus hombres asesinaron en La Catedral, durante una visita, a los hermanos Fernando y Mario Galeano y Gerardo y William Moncada, quienes eran socios del capo y a los cuales responsabilizó de robarle dinero.

De esa matanza se salvó Diego Fernando Murillo, “Don Berna”, quiera era jefe de seguridad de Fernando Galeano y quien no acudió a esa cita en La Catedral.

Escobar y sus escoltas se escaparon días después de la cárcel, cuando el gobierno ordenó un operativo del Ejército para trasladarlo a una prisión militar.

La Oficina de Envigado se partió en dos en esa época. De un lado quedó un puñado de sicarios leales al jefe del Cártel de Medellín y, de otro, un grupo de pistoleros que reclutó “Don Berna”, con financiamiento del Cártel de Cali, para cazar a Escobar.

En septiembre de 1992, Gilberto y Miguel Ángel Rodríguez Orejuela, jefes del Cártel de Cali, crearon Los Pepes (acrónimo de Perseguidos por Pablo Escobar), junto con “Don Berna” y los hermanos Fidel y Carlos Castaño, los principales paramilitares de Colombia en ese entonces.

La caída del Cártel de Medellín

Pablo Escobar murió baleado el 2 de diciembre de 1993 durante un operativo en una casa en Medellín en el que participaron policías, efectivos del Ejército, agentes de la DEA e integrantes de Los Pepes.

Imagen tomada de ABC.es

Aunque la historia oficial indica que fue el policía Hugo Aguilar quien abatió al capo de un disparo, “Don Berna” sostiene que fue su hermano, Rodolfo Murillo, alias “Semilla”, quien mató a Escobar de un disparó de fusil M­16 calibre 5.56 en la cabeza.

El exabogado de Escobar consultado en Medellín asegura que tras la caída del jefe del Cártel de Medellín y la virtual aniquilación de esa organización delictiva, los hermanos Rodríguez Orejuela citaron a una reunión en Cali en la que los jefes de Los Pepes se repartieron el botín de guerra.

“A la viuda de Escobar, María Victoria Henao, la hicieron entregar muchos millones de dólares en bienes, efectivo, autos, obras de artes y joyas, a ‘Don Berna’ lo nombraron jefe de plaza en Medellín y a mí me ordenaron quedarme a trabajar con ellos en un plan que querían entregarle al gobierno para su entrega a la justicia. Eso me salvó la vida”, señala el abogado.

En 1994, “Don Berna”, con la bendición del Cártel de Cali y con el empresario Gustavo Upegui a su lado, se erigió como el nuevo jefe de La Oficina de Envigado, la cual fortaleció en términos bélicos y organizacionales y eso le permitió controlar en pocos años todas las actividades ilegales del Valle de Aburrá, incluido el tráfico de cocaína.

Imagen tomada del periodico las vocesde Aburrá,

El autor de “Las vueltas de la Oficina de Envigado”, Juan Diego Restrepo, dice que “Don Berna” transformó esa organización en una estructura paramilitar que se financiaba con el narcotráfico y que participó, en alianza con el Ejército, en la guerra sucia contra las milicias de las guerrillas de las FARC y el ELN que actuaban en las comunas de Medellín y a las cuales aniquiló.

“Esa transformación fue paralela al proceso de paramilitarización que vivió el país desde finales de los 90 hasta principios de este siglo”, indica Restrepo.

“Don Berna”, quien había militado en su juventud en la guerrilla del EPL, se convirtió en uno de los principales comandantes de las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y en jefe de los bloques Cacique Nutibara y Héroes de Granada, que operaban en Medellín.

El control territorial de “Don Berna” en el Valle de Aburrá llegó a consolidarse tanto, que se convirtió en un regulador del mundo criminal.

El resultado fue que los homicidios bajaron de 5,526 en 1993 a 782 en 2005, cuando el jefe de La Oficina se entregó a la justicia como parte de un acuerdo de paz entre las AUC y el gobierno colombiano. Esa época se conoció como la de la “donbernabilidad” de Medellín.

El narcotraficante y paramilitar fue extraditado a Estados Unidos en mayo de 2008, junto con 13 jefes paramilitares más, bajo cargos de seguir traficando cocaína a ese país desde la cárcel. Hoy cumple en una cárcel estadounidense una condena de 31 años.

El sucesor de “Don Berna” como jefe de La Oficina fue Ericson Vargas, “Sebastián”, quien enfrentó durante tres años una guerra por el control de esa organización con Maximiliano Bonilla, “Valenciano”. Entre 2008 y 2011, los homicidios se incrementaron en Medellín en un 57 por ciento. En ese lapso hubo 6,902 asesinatos en la ciudad, casi cinco diarios en promedio.

En noviembre de 2011, “Valenciano” fue capturado en Venezuela, y nueve meses después fue detenido “Sebastián” en una finca cercana a Medellín. Ambos fueron extraditados a Estados Unidos por cargos de narcotráfico.

El sucesor de “Sebastián” como jefe de La Oficina fue Juan Carlos Mesa Vallejo, conocido como “Tom” o “Carlos Chatas”, quien fue capturado en diciembre pasado en El Peñol, un municipio cercano a Medellín, y quien desde antes de su detención buscaba iniciar un proceso de paz con el gobierno colombiano y entregarse a la justicia.

Para Juan Diego Restrepo, el autor de “Las vueltas de la Oficina de Envigado”, lo que se conoce de esa organización es su ala militar, “pero atrás, y probablemente más arriba que los jefes militares, están empresarios que invierten en los negocios de narcotráfico y que lavan las grandes rentas criminales que deja esa actividad”.

El profesor de la Universidad EAFIT de Medellín, Gustavo Duncan, considera que La Oficina ha menguado su fuerza porque sus últimos jefes, a partir de “Sebastián”, perdieron “la conexión que algún día llegaron a tener con el tráfico internacional de drogas”.

Además, agrega, el Estado colombiano “se fortaleció tanto, que en la época de Pablo Escobar la policía no entraba a los barrios de Medellín, y hoy entra cuando quiere”.

“Ocho”, el vocero de la dirección colegiada de La Oficina, afirma: “Somos una organización con casi 40 años de fundada, hemos tenido muchos liderazgos, nos han capturado a muchos jefes, pero seguimos vigentes. La diferencia, hoy, es que queremos contribuir a la paz de Medellín y buscar un camino de acogimiento a la justicia”.

PROCESO

RC

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