Medellín la ley de la selva

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Por Maveza 

Para nadie es un misterio que desde hace varias décadas Medellín ha enfrentado graves problemas de violencia generalizada, sin embargo nuestros burgomaestres se han limitado a minimizar el problema a través de estrategias mediáticas y es precisamente por ello que se ha tornado prácticamente inmanejable. La extorsión generalizada, el microtráfico, los homicidios, los hurtos, las desapariciones y demás, se han convertido en paisaje y al parecer nos hemos adormilado ante tanta ignominia. Pero lo que es más grave aún es que en nuestra «bella villa», subyacen bajo esa macroviolencia otras formas de violación de los derechos de los demás que se tornan imperceptibles para las autoridades civiles y de policía y es precisamente de ellos que nos ocuparemos en este artículo.

Para empezar, la movilidad; tanto conductores como peatones desconocen de manera flagrante las mínimas normas de convivencia y seguridad; para los primeros impera la ley del más fuerte o del más hábil, los vehículos pesados abusan inmisericordemente de los vehículos particulares y ambos a su vez, sufren las pericias o mejor dicho, las peripecias de los motociclistas, quienes igualmente deben soportar los abusos de unos y otros. En algunas zonas de la ciudad, especialmente en los barrios periféricos, los motociclistas no cumplen con las normas mínimas de seguridad personal y colectiva, ni con las normas de movilidad; calles, andenes y zonas verdes se convierten para estos en espacios de tránsito y diversión, todo sin ningún control por parte de las autoridades.

Otro de los graves problemas de movilidad, es el parqueo en zonas prohibidas. A los conductores poco les importa la afectación a la movilidad general o el bloqueo de garajes o parqueaderos privados o públicos, lo importante es la comodidad propia sin importar el detrimento de los derechos de los demás. Además, es imposible no mencionar la grave afectación que genera el transporte informal, con los llamados «chiveros», que remplazan el transporte público en vehículos que no poseen las condiciones de seguridad necesarias, ni cuentan con ningún tipo de seguro, situación que se agrava si se tiene en cuenta el deplorable estado de los automotores y las imprudencias de los conductores. En este campo de la movilidad igualmente encontramos infracciones como la conducción bajo estado de embriaguez y/o sustancias psicoactivas, el exceso de velocidad, el irrespeto a los semáforos vehiculares y peatonales, el desconocimiento de las señales de tránsito preventivas y reglamentarias, el bloqueo permanente de las intersecciones viales, por nombrar solo algunas.

Movilidad en la ciudad de Medellín. Imagen tomada de El Colombiano.

A la par del problema de la movilidad encontramos el del espacio público, tema en el que no nos ocuparemos de los vendedores informales, ya que para ellos si son obligatorias las normas, y de hecho existe un amplio número de servidores públicos dedicados a  controlarlos, y en algunos casos a someterlos a tratos indignos y degradantes. Contrario a lo que le sucede a este sector de la llamada economía informal, nos encontramos con la utilización del espacio público por parte del «comercio formal», sector que goza de prerrogativas en la utilización de dicho espacio, ante la omisión de las autoridades competentes.

En la ciudad se observan zonas como el parque Lleras, la Villa de Aburrá, la carrera 70 en los sectores aledaños a la calle San Juan y al Aeroparque, entre otros, donde los dueños de los establecimientos públicos se apoderan de vías, aceras y zonas verdes con la mirada cómplice de quienes están obligados a hacer cumplir las normas en este aspecto. Extraña que mientras algunos ciudadanos ocupan el espacio público, obligados por las terribles condiciones socioeconómicas que enfrentan, sufren en todo su rigor la imposición de las leyes, otros con mejores condiciones disfruten de dicho espacio sin presión legal alguna.

Lo descrito son claros ejemplos de la falta de cultura ciudadana —que en algunos casos raya con la ilegalidad—, y lo que es más grave aún, se fortalece ante la omisión cómplice de las autoridades. No podría negarse que dichas actuaciones terminan afectando la convivencia ante el menosprecio de los derechos de los demás. De igual manera sucede con las construcciones ilegales, el trabajo infantil, la contaminación ambiental, la informalidad de algunos sectores industriales, el maltrato a las mascotas, el manejo indebido de las heces de estas, la mala disposición de basuras, el ruido excesivo, entre otros, contravenciones que al parecer empezarán a ser controladas con el nuevo Código de Policía, lo que resulta inadmisible en una sociedad que se considera posee una alta cultura ciudadana y que se vanagloria de ello.

Es hora pues de realizar una esfuerzo mayor para promover la conciencia de lo público y del cumplimiento de las normas por convicción, de lo contrario, este tipo de microviolencias seguirán afectando de manera directa la convivencia social y alimentando los graves problemas que enfrenta nuestra ciudad. Pero a la par del esfuerzo ciudadano, se necesita mayor control por parte de las autoridades; sería reconfortador que así como se observan grupos numerosos de contratistas persiguiendo a los vendedores informales, existieran grupos de educación y control para cada una de estas problemáticas.

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