La esperanza fallida

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De lo expresado anteriormente nace precisamente el pesimismo del suscrito frente al desbordado optimismo que embargó a los colombianos con la visita de Francisco y ello, basado en la incoherencia e inconsecuencia de los opositores del proceso, a quienes les cae de perlas el refrán popular: «a Dios rezando y con el mazo dando».
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Por Maveza 

Me sabrán perdonar por mi pesimismo, no solo los católicos, sino todos aquellos que de una u otra forma vieron en la visita del papa Francisco la oportunidad de consolidar el acuerdo firmado con las FARC, como un primer paso a la consecución de una paz estable y duradera, pero en mi concepto poco o nada cambiará la actitud de los colombianos con dicha visita. Pese a mi escepticismo, quiero dejar sentado que he apoyado y seguiré apoyando dicho proceso, así como igualmente considero que el sumo pontífice se ha convertido en un personaje digno de ejemplo por su palabra y obra, no solo para quienes profesan la religión cristiana, sino para todos aquellos que, independiente de su ideología política o religiosa, ven en el humanismo el camino para superar la grave crisis económica, política, social y cultural que atraviesa la humanidad.

Algo similar ocurrió globalmente con la elección de Barack Obama como el primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos de América, en 2009. El mundo entero clamó a los cuatro vientos que las transformaciones en la forma de relacionarse dicho país con el resto de naciones no se harían esperar; sin embargo, el tiempo pasó y los intereses «supremos» de los norteamericanos dieron al traste con las ilusiones de todos aquellos que creyeron en tan hermosa fantasía. Las invasiones, los tratados de libre comercio, la supremacía de la fuerza sobre la razón, los embargos económicos impuestos a países que no comparten la visión norteamericana, la carrera armamentista, entre muchos otros aspectos, no sufrieron mayores modificaciones, a pesar de las buenas intenciones del señor Obama.

Igual considero que sucederá con la visita de Francisco a Colombia, y valga la pena reiterarlo, no por falta de liderazgo del papa, sino por los factores reales de poder que son contrarios a su filosofía humanista y que, a través de la manipulación mediática, tergiversan su discurso en pro de sus beneficios particulares y en detrimento del interés general. Incluso, algunos más osados no han dudado en calificar al papa como el «anticristo» o, lo que es más absurdo, lo sitúan ideológicamente en la izquierda y lo estigmatizan por ello, atentando no solo contra la dignidad del pontífice, sino también contra todos aquellos que nos atrevemos a pensar diferente y que consideramos que el capitalismo no es más que la continuación velada de la esclavitud y la causa primigenia de todos los males que hoy afronta la humanidad.

Retomando, es importante resaltar que Colombia es un país mayoritariamente católico y así se demostró con la gran afluencia a los actos presididos por el sumo pontífice. Asimismo, debemos recordar que desde el inicio del proceso con las FARC, el papa Francisco se manifestó a favor de la negociación e incluso, hace aproximadamente un año, manifestó lo siguiente: «Santos está arriesgando todo por la paz, pero hay otra parte que está arriesgando todo por continuar la guerra y los que están con la guerra hieren el alma». El mensaje anterior, al igual que los pronunciados durante su visita a Colombia, son claros, contundentes y tienen destinatarios específicos, aquellos que se oponen al proceso de paz en Colombia, no obstante declararse católicos practicantes.

De lo expresado anteriormente nace precisamente el pesimismo del suscrito frente al desbordado optimismo que embargó a los colombianos con la visita de Francisco y ello, basado en la incoherencia e inconsecuencia de los opositores del proceso, a quienes les cae de perlas el refrán popular: «a Dios rezando y con el mazo dando». Para los contradictores del acuerdo con las FARC, nada vale su condición de católicos y las enseñanzas de dicha religión, como la parábola del hijo pródigo, perdonar setenta veces siete, poner la otra mejilla, «Padre perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» y algunos de sus valores como el perdón, la reconciliación, el amor al prójimo —sin excepción alguna— y la fe en la reivindicación del ser humano.

De corazón, espero estar equivocado y que en verdad la grandeza, la humildad, la sabiduría, el ejemplo, el humanismo y las demás virtudes que demostró el sumo pontífice en estos días que nos visitó toquen el corazón de aquellos que hoy se resisten al perdón y a la reconciliación y se unan al lema de su visita: «Demos el primer paso», dejando a un lado el odio, el rencor y el deseo de venganza, para que podamos, entre todos, católicos, cristianos, agnósticos, ateos y demás, construir un país más incluyente y equitativo, donde las diferencias de cualquier tipo, se resuelvan mediante la palabra y no en el fragor de una guerra fraticida.

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