Recompensas, capturas, muertes no acaban violencia y criminalidad

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William Alberto Duque, alias El Diablo capturado por la policía. Foto cortesía Meval.

Por Luis Fernando Quijano Moreno

Altibajos en la violencia, es lo cotidiano en la ciudad metropolitana de Medellín. Algunos días no hay muertes violentas, otros sí. La criminalidad no cede. Es claro que la estrategia de seguridad implementada es mediática y poco o nada de integral tiene; de nada ha servido que se le avise permanentemente a alcalde Federico Gutiérrez sobre la urgencia de darle un giro de 180 grados a este trabajo.

No me canso de repetirlo: Medellín tiene un alcalde confiable para la ciudadanía, peligroso para la criminalidad urbana, e incómodo para la nómina paralela enquistada en la Policía, la Fiscalía y, obviamente, en la administración municipal que otorga la protección oficial. Él dice la verdad sobre la compleja situación en materia de criminalidad y violencia, y no esconde cifras a sabiendas que eso golpea la imagen mentirosa que se le vendió al mundo: Medellín, ciudad innovadora y pacífica. Pero eso no es suficiente, el alcalde o quienes lo asesoran parecen no entenderlo.

Para reforzar el argumento que expongo sobre por qué la estrategia de seguridad no está funcionando, me referiré a dos hechos concretos ocurridos en septiembre: la captura de William Alberto Duque, alias El Diablo, y el asesinato de Jonathan Stuart Buriticá, apodado Gordo Arepas, criminales enfrentados por el control territorial y las finanzas criminales, lo que llevó a la guerra dentro de los Pesebreros. ¿Eso terminará la confrontación? No.

La inestabilidad en La Candelaria, el sector los Bloques, Caribe, Volador, Córdoba, Nuevo México, Pilarica, El Progreso, La Iguaná, San Germán y Los Colores, seguirá debido a que Gordo Arepas y El Diablo tan solo son unos de los tantos subjefes que se enfrentan dentro de los Pesebreros. Miremos por qué: por el lado del capturado Diablo, la organización criminal tiene una jerarquía en la que están incluidos subjefes como el Ñato, Careperro o Berna, Julián Machete, Caremanchado, cuyo jefe es Camilo A, conocido como el Grande o Hilo; actual jefe que reemplazó a Freyner Alfonso Ramírez, alias Carlos Pesebre.

Por el lado del asesinado Gordo Arepas, se visibiliza a Alejandro Cachama o Cacha, como uno de los principales líderes de la rebelión pesebrera, pero ojo: no es el único; ellos podrían estar recibiendo apoyo militar y económico de la Oficina del Doce de Octubre y Los Chatas, que lideran al lado de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) la Alianza criminal del norte del Valle de Aburrá, la cual tiene asiento en el municipio de Bello y extiende su poder en Copacabana, Girardota, Barbosa y municipios aledaños a este, e igualmente en la que se conoce como ruta de la leche; dichas organizaciones, dicho apoyo, tendría como objetivo asumir el control de los barrios anteriormente mencionados.

Lo anteriormente expuesto quiere decir que la institucionalidad puede dedicarse de tiempo completo a pagar recompensas; llenar la ciudad de cámaras de vigilancia; traer más policías; elevar a simples subjefes a objetivos de alto valor; y decomisar armas, drogas y demás; pero esto no terminará con el crimen urbano: siempre habrán relevos de personal y, sobre todo, recursos económicos frescos para comprar material perdido en incautaciones y para ingresar nuevo personal oficial a la nómina paralela.

En conclusión: una estrategia de seguridad basada a en recompensas, capturas y decomisos no acaba las confrontaciones armadas entre facciones, bandas paramilitarizadas o estructuras paramafiosas. Tampoco acaba con la violencia y la criminalidad. Es urgente desmantelar el aparato criminal urbano y por ende la nómina paralela oficial, si esto no se hace, alcalde Federico Gutiérrez, aunque usted no lo quiera, verá cómo en la ciudad seguirán existiendo zonas vedadas y, peor aún, zonas de confort de los criminales que, si me permite decírselo, son más de las que usted cree, algunas están a menos de dos cuadras del centro administrativo La Alpujarra.

Los resultados inmediatos poco importan si no se tocan realmente las estructuras, y en Medellín eso es lo que no se ha intentado. Esto me lleva nuevamente al homicidio de Gordo Arepas y a las preguntas que de este hecho me surgen.

¿Qué impidió la entrega de Jonathan Stuart Buriticá, alias Gordo Arepas, a la justicia? ¿Quiénes sabían de dicha entrega y por qué no se agilizó si también conocían que había una recompensa criminal de más de 200 millones de pesos por su cabeza? ¿Es verdad que el Gordo Arepas iba a confesar varios homicidios y con ello iba a convertirse en testigo protegido de la Fiscalía? ¿O sería cierto que el Gordo Arepas iba a ayudar con la identificación de la nómina paralela uniformada en más de doce puntos concretos de las zonas de confrontación?

A veces, un asesinato cuenta más que lo que calla.

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