Kiruna: prosperidad nórdica para quien se atreva a poblar el Ártico sueco

La mina de hierro de la minera estatal sueca LKAB en Kiruna, en Suecia, este 12 de enero. EFE/EPA/JONAS EKSTROMER
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Kiruna (Suecia), 12 de enero de 2023.- El termómetro sólo marca -8 °C en un invierno suave en Europa, cuando lo normal en estas fechas en Kiruna sería estar a quince grados bajo cero. El mercurio ofrece una tregua, pero la luz es inflexible en la Laponia sueca, donde hoy el sol se asoma a las 10.24 de la mañana y se esconde a las 13.11 de la tarde.

“Está bastante templado. Yo he llegado a estar a unos treinta bajo cero”, comenta a EFE Marianne Nordmark, empleada del Ayuntamiento y natural de Kiruna.

Todo es frío, nieve y oscuridad en una ciudad situada 145 kilómetros al norte del círculo polar ártico y que ofrece prosperidad nórdica a quien se atreva a instalarse en un entorno tan extremo que hasta los lugareños huyen hacia el sur.

A las dos de la madrugada, el paisaje tiembla ligeramente a golpe de dinamita. Las sacudidas, anodinas para los locales pero inquietantes para los extraños, sirven para horadar la mina de la que se extrae el 80 % del hierro de la Unión Europea, agujeros y canteras de donde diariamente se saca metal como para construir la torre Eiffel doce veces.

Ese hierro que explota la empresa pública sueca LKAB, dueña también de la cercana mina de Malmberget, es el origen de todo en Kiruna, una localidad fundada en 1900 específicamente para arrancar el metal del suelo.

Un siglo después y con unos 23.000 habitantes, Kiruna afronta tres desafíos: desterrar el CO2 de su industria, esquivar el declive demográfico y desplazar el centro de la ciudad 3 kilómetros al este porque está asentada en torno a una mina que colapsará.

La mudanza, que empezó en 2004 y terminará en 2035, afecta a unos 6.000 vecinos, a los que las autoridades ofrecieron viviendas nuevas o dinero.

Además de las moradas, se están trasladando veinte edificios históricos intactos, como una apreciada iglesia de madera de 1912 inspirada en una cabaña sami y conocida como “el santuario del pueblo nómada”.

El faraónico esfuerzo responde a que las ricas minas del Ártico sueco -que estos días visita la cúpula de la Comisión Europea de Ursula von der Leyen- avanzan a paso firme hacia un futuro tan prometedor como su pasado.

En el siglo XX, LKAB fue puntera en la fabricación de pequeñas bolas de hierro concentrado llamadas “pellets”, que se obtienen transformando la magnetita minada del suelo en procesos en los que se quema carbón y coque.

Todo iba bien, pero el cambio climático exige a la industria reinventarse y LKAB ha apostado por hacer unas “esponjas” de hierro más refinadas que los “pellets” con una técnica pionera que no emite dióxido de carbono: se sustituye el viejo carbón por el nuevo hidrógeno verde generado con energía eólica e hidráulica, de forma que el producto residual es H2O en vez de CO2.

“Tenemos 4.000 millones de toneladas de reservas, más de lo que se ha minado hasta ahora”, explica en una galería a 500 metros de profundidad el consejero delegado de LKAB, Jan Moström, que espera que en 2045 toda la producción de la empresa sea climáticamente neutral.

La versión sostenible de ese producto férreo, en fase experimental, es aún mucho más cara que la sucia. Pero es el único futuro posible y cuenta con el pleno apoyo de la UE, que aspira a impulsar una revolución industrial verde con energía renovable que no libere dióxido de carbono.

Kiruna tiene además tierras raras, el maná de la electrificación, y el porvenir se perfila tan halagüeño que necesita unos 7.000 nuevos residentes para nutrir la expansión minera.

Las condiciones son extremas, pero los incentivos también son jugosos: un joven puede ganar unos 3.000 euros brutos mensuales al acabar la enseñanza secundaria y los salarios van en aumento según la cualificación.

No se precisan solamente mineros o ingenieros. También hacen falta electricistas o fontaneros y trabajadores para tiendas, restaurantes y transporte. Y no es necesario hablar sueco, con el inglés basta.

Alquilar un piso individual cuesta 500 euros, los gastos mensuales de un apartamento de 85 metros cuadrados son 150 euros, los filetes de pollo salen a 7 euros el kilo en el supermercado y medio litro de cerveza en un bar cuesta 6,5 euros.

Hay un aeropuerto, una estación de tren y otra de esquí, una universidad técnica, un hotel de hielo, saunas, piscina cubierta y un centro de la Agencia Espacial Europea.

Desde ahí se lanzan globos estratosféricos para estudiar las auroras boreales, el gran regalo del cielo durante los seis meses de oscuridad casi absoluta que envuelven la ciudad, preludio de otro medio año de sol casi perpetuo proyectándose sobre llanuras con bosques, renos y lagos.

Si no fuera porque se necesitan múltiples capas de ropa térmica para lanzarse a la oscuridad polar de la calle y avanzar con dificultad sobre una gruesa capa de hielo que aguarda pacientemente a que algún peatón se resbale y se rompa varias vértebras, uno creería estar pisando el mismísimo paraíso terrenal en Kiruna.

“Es una cultura y un clima diferente. Lo amas o lo odias”, resume Sigfrid Vestling, una arquitecta sueca criada en Francia que se instaló en 2019 en Kiruna, donde había nacido su madre, encontró trabajo en planificación urbanística y acabó casándose con un kirunés.

Javier Albisu

EFE

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