La guerra urbana de El Salvador y Medellín no es tan diferente

La mafia de pobres que desangra a El Salvador, fue un artículo que publicó el New York Times el pasado 21 de noviembre….

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Imagen cortesía de la Meval.

Redacción Análisis Urbano.

 La mafia de pobres que desangra a El Salvador, fue un artículo que publicó el New York Times el pasado 21 de noviembre, el cual hace una suerte de radiografía del crimen urbano que azota al país de EL Salvador. Un asunto que poco difiere de la guerra urbana que hoy vive Medellín, ciudad donde la criminalidad se ha degradado tanto al punto de asesinar turistas (como el caso del japonés) tan sólo por robarle un celular.

En septiembre de este año, Análisis Urbano entrevistó a la periodista española Begoña Barberá Orozco, la cual explicó el problema que hoy se presenta en El Salvador por la presencia de pandillas y la guerra entre ellas. Escuchando la entrevista y leyendo el artículo del New York Times, se puede ampliar la perspectiva para entender un poco la lógica de la guerra urbana en Medellín, pues la metodología de disputa y control territorial criminal tiene muchas semejanzas.

Análisis Urbano invita a escuchar la entrevista y a leer el artículo en los link que se dejan a continuación. Así mismo, a ampliar el debate porque los conflictos armados urbanos están desbordando y cooptando la cotidianidad de las ciudades. Dinámicas que no deben normalizarse y que deben ser tomadas en serio, y resueltas eficazmente, por los mandatarios locales y nacionales. 

La mafia de pobres que desangra a El Salvador

Artículo tomado de New York Times

Las pandillas que han convertido a El Salvador en la capital mundial del homicidio no son sofisticados carteles internacionales. Cálculos basados en cifras oficiales llevan a concluir que los millones que acumulan esas organizaciones no alcanzan ni para que coman todos sus miembros.

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Líderes de la MS-13 en la prisión Ciudad Barrios en 2012. El supuesto “CEO” de la mara, Marvin Ramos Quintanilla, está al fondo a la derecha. El Diablito, Borromeo Henríquez Solórzano, que ocupa el lugar más alto de la jerarquía según la policía, está sentado al centro, con gorra negra. Credit Paul Coll/Ruido Photo. Tomada de www.nytimes.com

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SAN SALVADOR — Una noche sofocante a finales de julio, las autoridades salvadoreñas lanzaron su primer ataque contra lo que llamaron la cúpula financiera de la Mara Salvatrucha, o MS-13, la más grande de las implacables pandillas que han convertido a El Salvador en la capital mundial del homicidio.

Hasta ese momento, la Policía Nacional Civil había seguido una rutina casi coreografiada, una y otra vez, en su esfuerzo por neutralizar la actividad de las pandillas. En medio de la noche, a menudo acompañados por cámaras de televisión, los policías derribaban puertas de viviendas destartaladas en comunidades marginales y después exhibían a un puñado de hombres tatuados y semidesnudos calificados como extorsionadores.

El monto total confiscado a pandillas en esos operativos antiextorsión entre 2012 y 2015 fue de 34.664,75 dólares; una suma absurdamente pequeña si se considera que la MS-13 ha sido identificada por Estados Unidos como una organización criminal global a la altura de los Zetas en México o los Yakuza en Japón.

El 27 de julio, sin embargo, en un operativo bautizado como Operación Jaque, las autoridades desplegaron a 1127 oficiales de policía para llevar a cabo redadas en un montón de supuestas fachadas de la Mara Salvatrucha, desde concesionarios de autos y bares hasta moteles y prostíbulos.

Al día siguiente, las autoridades presentaron ante los medios filas y filas de autobuses y automóviles confiscados y a 77 sospechosos identificados como los operadores financieros de la MS-13 y sus colaboradores. Entre ellos estaba el supuesto “CEO” de la mara, Marvin Ramos Quintanilla, y otros dos líderes presentados como si manejaran millones y poseyeran lujos inimaginables para los miembros de la pandilla que estaban por debajo de ellos.

Pero la presentación era un poco extremista, al igual que muchas caracterizaciones oficiales de las maras, cuya sofisticación criminal y alcance global tienden a ser exagerados por las autoridades, frustradas por no poder vencerlas. El supuesto cerebro financiero, por ejemplo, Marvin Ramos Quintanilla, estaba lejos de vivir como un capo: alquilaba una casa de cemento con techo de lámina corrugada en un barrio donde un alquiler raramente llega a los 400 dólares. Usaba un Honda Civic modelo 2004 y una furgoneta Nissan color gris. (Continuar leyendo aquí).

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